martes, 3 de marzo de 2009

Un resquicio de humanidad


Era una fría tarde de invierno, de esas que parecen no acabar nunca y cuyo inminente atardecer hacía que su corazón se encogiera, ansioso de un calor que nadie le daba.
Como tantas otras tardes, vagaba por las calles sin rumbo fijo, quizá su única intención era buscar un lugar medianamente acogedor para pasar la noche, pues según había leído en uno de esos periódicos que se amontonan a las salidas de los metros, esa noche iba a helar y no quería que sus ya escasas defensas menguaran al enfrentarse a las bajas temperaturas.
Iba dando tumbos por las calles, sin más compañía que la de su vieja fotografía, que le recordaba esos momentos en los cuales había sido feliz, en los cuales había vivido en el seno de una pequeña familia que ahora le traían unos recuerdos tan vividos que se reproducían con asombrosa claridad en su memoria.
La gente la huía, en su aspecto sólo veían a una de tantas indigentes que ya eran habituales en las calles de esa gran ciudad, y sin pararse siquiera a examinar la tenue luz que emanaban sus pupilas, la despreciaban y la abandonaban en el camino dejando a su paso calificativos tales como "drogata, borracha...", tan alejados de la realidad. En estos tiempos ya nadie guarda el sentido del civismo, ni tampoco la hospitalidad de antaño... Hubieran bastado unas sencillas preguntas para que su triste historia inundara los corazones de los oyentes de esa comprensión que poco a poco también había caído en el olvido:
Todo había comenzado hacía ahora veinticuatro años, justo cuando cumplía doce años... Esa tarde, sus padres volvían del trabajo en un viejo seiscientos camino del colegio donde les esperaba una niña de pupilas excitadas que ansiaba saber cual sería ese año su regalo de cumpleaños, ansiaba saber si al fin le habrían comprado ese libro que tanto tiempo llevaba pidiendo. Nunca supo si lo llegaron a comprar, horas más tarde, el coche de su tío pasó a recoger a la pequeña, que tiritaba, y a la cual le tuvo que contar una devastadora noticia: a causa de una placa de hielo en la carretera, sus padres habían tenido un grave accidente al cual no habían sobrevivido. A partir de ese momento, toda su vida fue una desgracia tras otra conviviendo con su huraño y violento tío, del cual había escapado en cumplir la mayoría de edad.
Desde entonces, su vida no había tenido más destino que el de alejarse de su único pariente, y tras varios trabajos nada gratificantes a nivel económico, se había visto obligada a llevar una vida de indigente.
Absorta como estaba en su eterna soledad, Elena no apreció como de pronto un coche paró junto a ella y del cuál bajó una joven pareja, en apariencia de la misma edad que la sin techo, y que se acercaron sin miedo hacia ella.
- ¿Qué queréis? No llevo nada, no tengo nada
- Elena, ¿eres tú?
- ¿Quién pregunta? -inquirió desconfiada.
- No te acuerdas de mí, soy Lucía, tu compañera de colegio.
La cara de la indigente reflejó una grata sorpresa y de pronto, se iluminó:
- ¿Lucía? Como has cambiado...
- No más que tú. Venga, recoge tus cosas y vente a casa, hoy tienes techo.
Y Elena pronunció un tímido "Gracias", cogió sus escasas pertenencias, subió al coche y, aún impresionada, esbozó una gran sonrisa.

2 comentarios:

  1. Que bien escrito este texto, como dicen siempre; algo de ti debe estar escondido entre alguna palabra, quizas una srorpesa, tristeza, algarabia...

    Gusto leerte

    saludos!!!

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  2. Que gran verdad eso de que te juzguen teniendo una historia que contar. Sandra deberias escribir una historia por capitulos

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Muchas gracias por haber llegado hasta aquí.
Espero que lo que hayas leído haya sido de tu agrado.
Un saludo y hasta la próxima.