domingo, 26 de abril de 2009

El CuentaCuentos: Palabras introvertidas

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Tanto tiempo para encontrar las que expresaran justo sus sentimientos, y cuando pensaba que ya jamás conocería la forma de decir lo que su corazón ansiaba publicar... llegaron.
Y probó de encontrar también el valor necesario para finalmente poder decirlas al destinatario que tanta confusión había provocado en un cerebro antaño sereno y bien ordenado ahora caótico e insuficientemente preparado para la vida real.
Pero, ¡ah! el valor ya es harina de otro costal, y aunque las palabras necesarias ya han llegado, el arrojo necesario para que no se queden en un pensamiento -bello, pero pensamiento- todavía no es el que estaba deseando reunir.
Parece imposible como tras tantos meses, continúa siendo tan cobarde como el primer día, cuando vio sus facciones y descubrió en ellas la realidad de todos sus sueños, era el ángel que había pedido tantos años antes.
El miedo, agente determinante en esta angustiosa situación, reaparece cuando en la mañana los rayos de sol iluminan su rostro y la agradable melodía que sus labios producen conmocionan el corazón de quien tantos días ha suspirado en silencio por el portador de esa preciosa sonrisa.
Dedicaría miles de palabras a describir estos sentimientos, pero no son estas las palabras que han llegado, sólo he recibido en mi buzón las que declaran el amor que llevo tantos meses en silencio... y que espero tener pronto la capacidad de expresar.
Porque, las situaciones insostenibles son mi punto fuerte y débil al mismo tiempo, y no sé en este caso quien ganará pero... marababa sahem (Le bourgois gentilhomme - Molière).


[Se me ha ido la inspiración, cuando vuelva igual lo sigo]

sábado, 18 de abril de 2009

Te quiero decir algo...

Tremendo esfuerzo me cuesta respirar cada mañana.
Esfuerzo que estos días no se ve recompensado.

Que he de hacer más que esperar otro día aquí sentada.
Un día se me hace eterno, pero debo aprender a ser paciente.
Idiota me siento cuando sigo callada sin decir lo que siento.
Estúpidas palabras que se revuelven sin cesar en la cabeza.
Resulta extraño como se puede querer tanto a alguien.
O quizás no lo es, y sólo es que complico todo demasiado.

¿Y aún no sabes que hay algo que te quiero decir? Curioso...

...

(Palabras extrañas pero necesarias...)
Besos!

Siguiendo los pasos...

Las pequeñas gotas de lluvia caían incesantemente sobre su rostro, disimulando con ello las lágrimas que formaban un río desde las mejillas hasta la blusa, donde morían dejando a su paso un oscuro charco de intensas emociones.
Cada día era más difícil sobrevivir en ese ambiente hostil, mostrarse indiferente ante los hechos que la evidencia mostraba ante su turbia mirada... Muchas veces pensó si no sería mejor hacerse a un lado para siempre, dejarse llevar por ese impulso que tantas veces había pasado por su cabeza y acabar con todo de una vez.
Pero ¡no!, esa era una decisión demasiado cobarde y aún con la tristeza marcada en unas ojeras día a día más pronunciadas, iba a seguir allí asumiendo las consecuencias de sus actos... y de sus sentimientos.
Aunque resultara absurdo seguir por esa tortuosa senda, allí iba a continuar hasta que sus afligidos pasos la dejaran en un lugar muy muy lejano .

viernes, 17 de abril de 2009

Historia de un absurdo

Pese a todo seguía sin saber que hacer, la situación ya rozaba los límites del absurdo. Tantos meses igual, tantas oportunidades desperdiciadas que pasan al olvido, tantas palabras malgastadas para al final no decir nada.
Trataría de buscarle una explicación, me excusaría con motivos tales como el miedo al ridículo o mi escasa -nula- autoestima, pero ¿serviría de algo? Lo dudo mucho.
Le doy vueltas y más vueltas a la cabeza, pensando como abordar el tema antes que me desborde y sea demasiado tarde para cualquier decisión. Me doy cuenta que tengo ideas de chiquilla, que me falta madurez para estos llamémosles problemas y que prefiero construir un castillo en el aire a una modesta choza en tierra.
Le busco los porqués a esto, y de nuevo me encuentro dándole vueltas a la cabeza en una rueda que espero tener fuerzas para parar en algún momento.
Observo sin hablar, leo algunas cosas que me alteran -y no debiera, no tengo derechos-, sin declarar cuáles son mis sentimientos, ni como ellos afectan a la faceta más privada de mi ser hasta llegar al instante en que mis pensamientos se han convertido en un monotema de forma ridícula.
Hay quien lo llama amor, pero también decir que corre el riesgo de convertirse en obsesión...
Sigo sin saber que hacer, aunque realmente es más un "saber como" que un "saber que".
¿Cómo se dice Te quiero?

[Publico este relato semanal de El Rincón de la expresión, que no me gusta como ha quedado... pero bueno]

Besos

martes, 14 de abril de 2009

Azar o capricho de una palabra desorientada

Esto no son más que chispas que centellean al caer inesperadamente sobre el papel, de forma más o menos casual van tomando forma y parece pretender transmitir un mensaje al agruparse todas ellas ya dejando menos espacio al destino, elemento clave para unos, simple dibujo infantil cúspide de fantasías para otros.
Dicen todas ellas que existe en algún lugar un caos ordenado, un desastre sin igual. Sin temor a que alguna de esas centellas prenda en mi chaqueta, me acerco a ellas para que me indiquen como llegar, ardo en deseos de conocer donde se ubica tal capricho de una casualidad ya repudiada anteriormente o quizás redescubierta con estas palabras que no buscan encontrar sentido, ni tampoco una forma clara... ¡para eso ya están las chispas!
De pronto, cae un trueno, pero es muy extraño, porque es un alegre borboteo de... ¿¡risas!? Sí, son risas joviales de niños, no. No ese tipo de niños que define un grupo de letras arbitrarias en un diccionario, son criaturas de las que sienten la infancia en su interior y no temen mostrarse al mundo tal y como son: risas, llantos, pataletas y alborozo forman parte de su vida diaria, pero no rutina, su existencia no es nada rutinaria ni habitual en los tiempos que corren.
Otra vuelta a la suerte y cae otro trueno, me asusta con sus fuerzas, es un grito enfurecido. ¿Su origen?, uno de los individuos que pululan por las calles sin vivir, dejan pasar el tiempo sin que aprecien los verdaderos motivos de la vida ni comprendan la risa de los niños que antes he mencionado. Quien sabe por qué, se muestran huraños y no tratan de abrir sus almas, que en cambio, aparecen presas de los miedos... Cómo una vez me dijeron y nunca olvidaré: "Detrás de cada sentimiento de superioridad se esconde uno mayor de inferioridad". Curiosa paradoja, ¿no? Y qué triste es ver que es la realidad que nos aguarda a cada esquina.
Niños de espíritu vemos pocos, individuos que tienen el grito como señal de identidad, a miles.
Nadie sabe lo que nos depara la vida, o si esos niños se convertirán en lo que siempre repudian, si algún día las circuntancias harán que se vuelvan grises como el mundo que los rodea, donde el verde de los árboles, el azul del cielo y el trino de los pájaros son sólo disturbios en la cuadriculada vida urbana.
O, tal vez, el azar les juegue a su favor, y me encuentre otro día hablando de ellos sin buscarlo, como ahora...
Déjemos fluir las palabras, que las chispas sean de alegría, que la alegría inunde nuestros corazones y que los corazones vivan eternamente sin temores ni gritos.

Una ración de risa, por favor.
Una palabra de ánimo.
Una razón por la que vivir.
Un sueño por el que luchar.
Un capricho del azar.

domingo, 5 de abril de 2009

El CuentaCuentos: Caprichos del destino.

Yo sólo quería un café y ¿ahora resulta que su destino está en mis manos?.
El miedo recorría todas las terminaciones nerviosas de mi más que nunca frágil cuerpo, me sentía como una débil rama a punto de partirse por una ráfaga de viento más fuerte que las demás.
Todo había comenzado aquel aparentemente gris y rutinario día de febrero. El ambiente en la oficina estaba muy viciado, era irrespirable con todas esas calefacciones encendidas al mismo tiempo, así que aprovechando el descanso para el almuerzo, bajé a tomar un tentempié al bar de siempre.
Ya las cosas empezaron a torcerse cuando vi que un gran cartel colgaba de la persiana del local con un escueto: "Cerrado indefinidamente por causas económicas". Finalmente la crisis se estaba dejando ver en todas las facetas de la vida, incluso en un simple refrigerio como el que me disponía a tomar hasta que me encontré con el cartel.
Entonces, recordé que no muy lejos había una cafetería donde nos habíamos juntado un día todos los de Administración para tomar algo. La comida no era muy buena, pero según iba yendo hacia allí, me vino a la memoria que el café era magnífico, no el típico de máquina que en cada vez más sitios te sirven a precios desorbitados.
Así que sin más remilgos, avancé más decidida hacia allí, si más que nada la salida era para airearme un poco y que las neuronas respiraran. Cuando abrí la puerta, un joven de aire misterioso me empujó a un lado y sin más dilaciones, abandonó el lugar. Con bastante mal humor acumulado y mal disimulado, me dirigí a la barra a pedir un café de una forma algo más brusca de lo deseado.
- En un momento lo tendrá.
- Vale, estaré en esa mesa junto a la puerta.
La espera se hizo un poco interminable, porque veía que con el cierre del otro bar, había dilapidado gran parte de mi tiempo de descanso en la decisión y posterior llegada a este lugar. Pero, finalmente llegó hasta mi ubicación una de esas amables camareras -de las que cada vez quedan menos- que te hacen sonreír aunque lleves un día pésimo y, ¿por qué no?, también gris como el cielo se había despertado hoy. Me dejó el café frente a mí, la miré brevemente y no sin esfuerzo, esbocé una tenue sonrisa.
- Así me gusta niña, que se te ve estresada.
- No lo sabe usted bien.
- Intenta respirar, que tanto nervio no hace bien a nadie, si vieras lo que pasa por aquí cada día.
- Lo he visto al entrar, un joven me ha empujado sin ningún cuidado - traté de entablar una conversación ligera.
- Sí, ese chico no me ha dado buena espina. Pero nada, ahora tranquilízate mientras tomas el café, que está muy rico. - Me invitó a mirar lo que me había traído con gusto, tenía un aspecto delicioso.
- Gracias - contesté sonriendo. Y le di un breve sorbo al café.
- Bueno niña, me quedaría más tiempo, pero el trabajo me llama.
- Descuide, estaré bien. Y gracias de nuevo
Traté de volver a coger la taza que estaba ante mí, pero me agaché un instante para recoger una horquilla que me había caído poco antes. Y...
(...)
Un gran estruendo procedente de no se sabe donde dentro del local rompió por completo con la monotonía de la mañana. De pronto, todo eran gritos, alarmas y, entre ellos, algún llanto angustiado de quien se veía atrapado.
Me vi a mi misma encerrada entre la mesa y la silla, salvada por ese instantáneo impulso de agacharme. Me zafé de lo que me rodeaba y vi el lamentable estado en que aquello había quedado.
En ese instante oí un quejido procedente de al lado de la barra, armándome del arrojo que habitualmente me abandona, llegué hasta allí y la escena que vi permanecerá para siempre en mi memoria.
Una sucesión de heridas, sangre y más penurias imposibles de describir que se cernían en torno a la gentil camarera que minutos antes había iluminado mi día con sus palabras. Era una de las más afectadas por la explosión y había perdido el conocimiento. Presa del pánico por lo que pudiera pasar, traté de apartar todo lo que allí se hallaba para liberar a la mujer de la súbita cárcel que se había formado.
Vi no muy lejos de mi posición un par más de personas malheridas, y también un hombre de no muy avanzada edad que huía de allí sin más dilaciones.
Descubrí de pronto que tenía que hacer algo, y que mi rostro se hallaba inundado de lágrimas. Traté de alcanzar mi móvil, y descubrí alterada que se había apagado, probablemente sin batería. Me acerqué a los otros dos presentes y vi, que no podrían ayudarme pero no precisaban mi ayuda. Así que esta mujer dependía de mí, su destino estaba en mis manos.
Con una fuerza que nunca hubiera creído poseer, la sostuve entre los brazos y la saqué del local en busca de alguien que me propiciara más ayuda. Afortunadamente, encontré a un joven policía que se había acercado al lugar para tratar de examinar el lugar de los hechos.
Me ayudó a trasladar a la mujer hasta un banco cercano, y allí esperamos la ambulancia.
Mientras, su radio no paró de sonar, dando cuentas y detalles de todo lo ocurrido.
Cuando llegó el vehículo que la recogió, traté de averiguar si era grave, y había tenido la suerte de que no había afectado a ningún órgano vital -según la primera inspección- y que el desmayo habría sido producido por la conmoción.
Afortunadamente, un acto terrorista sin víctimas mortales, un suceso más para engrosar los anales de la historia negra del país.

Con estas palabras terminé mi trabajo sobre la sociedad actual, un paseo poco agradable por la realidad demasiado cotidiana. Esta vez no ha sucedido, pero tantas otras veces lo ha hecho que podía haberlo sido. Y, ¿cuál es la razón de todo esto? La desconozco.
Sólo sé que la barbarie nunca tiene límites.