domingo, 29 de noviembre de 2009

Rosas para siempre.

Aún recuerdo nuestros eternos paseos por las calles de París. Tú, ese que me traía rosas rojas a cada uno de los encuentros.
Esas rosas que tenían que ser muestras de amor, y a las cuales acompañabas de mil palabras hermosas, como un manantial de poesía que jamás creí fueras capaz de interrumpir. Vienen a mi memoria esas imágenes en las que te veía cruzar la calle antes de llamar al portal, y siempre portabas en tu mano esas rosas rojas.
Creo que lo nuestro no fue un amor mutuo, sino que las rosas eran las que nos unían. Rojas como esa pasión que sentía cuando te mantenía en mi memoria, rojas como las heridas que me dejaste al marchar. Pero, ahora veo que en mis recuerdos no eras tú el protagonista, eran las rosas. Tú sólo eras el portador de esas flores de las cuales me había enamorado.
Y pasábamos tardes enteras por la villa, uno al lado del otro sin que entre nosotros mediara más que el aroma de esos pequeños seres vivos que habían cortado del rosal y cuyas espinas de nada les habían servido para defenderse. Esa fragancia que cautivaba nuestros sentidos y nos hacía creer en una fantasía que ahora percibo que era falsa.

Te presentaste a mediados de febrero en mi casa, y me dijiste que al ver esas flores te habías dado cuenta de que sentías algo por mí. No mientas, sólo fue una excusa para compartir más momentos con las rosas. Yo era el motivo para que pudieses comprarlas sin que nadie te acusara de nada extraño: "¿Son para su novia?... Sí, claro", como si lo oyera.
Y no te culpo, yo creí que me habías cautivado con ese detalle, pero no fuiste tú, no. Ese aroma que estaba impregnado en ti fue el que hizo que mis sentidos anhelaran tu fragancia.
París, la ciudad del amor... Pero no un amor convencional.
Pasaron meses y a cada cita venías con al menos una rosa entre tus manos. Siempre roja, siempre comprada en el mismo puesto. Las mejores de la ciudad, nunca lo dudaré.
Y tras mucho tiempo, un día me viniste a recoger con las manos vacías. Era día festivo y la floristería no estaba abierta. Ese día me di cuenta de que mi corazón estaba tan ausente como el causante de nuestra pasión... y vi como por tus ojos pasó la sombra del asombro. Ambos nos dimos cuenta de que no sentíamos nada el uno por el otro.
Nos dimos un beso, como cada vez. Pero supimos que estaba ajeno de pasión sin esa fragancia.
No volviste al día siguiente, no te llamé. Supe que te había perdido para siempre. Supiste que lo nuestro era ficticio. Supimos que el castillo que habíamos construído en el aire no tenía buenos cimientos y se había derrumbado.

Después de unos pocos días, quise comprobar si por una vez mis sentidos no me habían fallado. Me acerqué a esa tienda motivo ahora de nuestra desgracia y... allí te vi. Comprabas dos docenas de rosas ante la mirada perspicaz del tendero, que conocía el poder que esas brujas vestidas de escarlata, esas sirenas parisinas, habían ejercido sobre ti. Te vi salir.
Lloré, lloré hasta quedarme sin lágrimas, y luego comprobé que había cogido el bolso antes de salir de casa. Sí, tenía unas pocas monedas. Bastarían.
Y me decidí a acabar de una vez con todas con esta gran mentira. Crucé el umbral de la floristería y le dije a quien me atendió que me vendiera todas las rosas rojas que alcanzara con mis monedas. Me miró con cara de curiosidad y procedió a cumplir mi encargo. Fueron cuatro, como los jinetes del apocalipsis.
Esa tarde, mis pasos me llevaron a orillas del Sena, que se mostraba más turbio de lo habitual por las nubes que amenazaban tormenta y se cernían sobre mí. Separé las espinas de dos de las rosas y, una a una, me las tragué. Comenzó a descargar la lluvia, acompañada de truenos y relámpagos. Saqué del bolso un pequeña pequeña pistola -herencia de mi padre- y la cargué con otra de las rosas sobrantes. Apunté a mi sien, que chorreaba por el aguacero que caía, y sin pensarlo más, disparé.

Mi sangré pronto llegó a teñir las aguas del río, de rojo, como la rosa que había quedado intacta y que habría de permanecer a mi lado para toda la eternidad. Porque había sido, era y sería mi único amor.

4 comentarios:

  1. Un gran relato para Retos a la Pluma^^ Mis felicitaciones =D

    Besotes^^

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  2. Muchas gracias manita!
    Ha salido de casualidad... como he dicho en El Rincón, inspiración cogida al vuelo :)

    Besos!!

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  3. ¡Qué fuerza la de esas flores! Tus palabras me han atrapado. Sobre todo cuando hablas de ellas como de brujas o sirenas. Muy buen relato. Un abrazo.

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  4. Muchas gracias Sechat!
    Realmente me complace saber como has sentido esa fuerza que no estaba segura de haber transmitido tal y como la sentía.

    Besos!

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Muchas gracias por haber llegado hasta aquí.
Espero que lo que hayas leído haya sido de tu agrado.
Un saludo y hasta la próxima.