jueves, 24 de diciembre de 2009

Reflexiones ebrias

Suena una canción, y nadie le presta atención. Es uno de esos éxitos de un verano anterior, tan resabido por todos que ya dejó de tener interés incluso por los fanáticos más acérrimos. Tan sólo es una insulsa melodía de estribillo pegadizo y letras facilonas. Ni tan siquiera los más jóvenes asistentes muestran interés por ella. Ya pasó su momento, lo mejor que se podría hacer para que le quede algo de dignidad es apagar la radio, o cambiar la sintonía a otra con algo más actual. Bueno, dignidad no es que le quede mucho cuando la intérprete que le daba su voz fue acusada de tantos hechos que acabó sus días en un callejón de mala muerte dándose a los vicios.
Tampoco hay nada que a simple vista llame la atención en el bar, uno de tantos tugurios de barrio, en el que la mayor celebración acontecida fue el momento en que uno de sus habituales cayó fulminado como consecuencia de los excesos que había vivido. Sí, ese hombre de tez cetrina y cabello lacio que ahora ya apenas visitaba los recuerdos de sus ebrios compañeros de juergas hasta el amanecer. Era un local pequeño, mal iluminado y peor ventilado, donde los efluvios que emanaban de los baños hacían que ni siquiera los más alcoholizados osaran acercarse.

Todo denotaba dejadez y, finalmente, incluso era cuanto menos repugnante ver las ratas hacerse reinas de las esquinas, aquellas que hasta las cucarachas habían despreciado.

Este era el ambiente cuando entré por primera vez, recuerdo mi primera impresión y como el olor putrefacto hizo que mis sentidos se enturbiaran. No sé el impulso que me hizo adentrarme en ese infierno terrenal, pero supongo que mi infierno personal era equivalente... así que, continué con la certeza de que allí nadie me buscaría.

- ¿Desea la señorita? -fue el saludo que recibí de parte de un tabernero oculto entre capas de suciedad. Al oír señorita, más de un parroquiano se giró a ver si la nombrada merecía la pena, en verme volvieron sus desfigurados rostros hacia las jarras de un líquido indescriptible.

- Sírvame cualquier cosa que me pueda dejar sin sentido.

El tono despreocupado de ese hombre cambió levemente: ¿Está usted segura?

- No me hable de usted, por favor... que no está el horno para bolloss. Y si se lo he dicho, como mínimo dígame lo que tiene.

- Como quieras, pero luego no me vayas a acusar de haberte emborrachado, que no serías la primera. Recuerdo como un día como hoy otra chica me pidió lo que tú, y aún estoy arrepentido de haberle hecho caso. -se ve que el hombre tenía ganas de hablar, no me extrañó por otra parte, los clientes no tenían aspecto de conversadores, es más, me dio la impresión de que uno apenas podía mantenerse en pie.

- Tranquilo, lo que menos tengo ganas es de jaleos. No es día para ello.

Mi interlocutor se sobresaltó: ¿Día? ¡Mierda! Se me había olvidado la fecha de hoy... en fin, tampoco creo que nadie me eche en falta.

- ¿Alma solitaria? Mira tú por donde, no esperaba encontrar otra hoy. Y sírveme, ¡anda!

El hombre me miró por última vez antes de dirigirse a buscar una bebida acorde a mis peticiones. Se detuvo delante de una -de la que no recuerdo ahora el nombre- y, negando con la cabeza, me terminó sirviendo un extraño combinado.

- ¿Se puede saber que lleva esto?

- Lo que has pedido, nada más.

Sin dudarlo, bebí el trago apurando hasta la última gota y, en ver que ningún efecto se producía sobre mi cuerpo, le demandé una segunda copa. La tomé como la primera, y en el intervalo hacia la tercera, le pregunté por la mujer que antes me había nombrado.

- ¿Ella? Parecía una muchacha desvalida, y acabó de tal manera, que me tocó llevarla al hospital. Cuando salió, me agradeció el haber sido capaz de cumplir sus deseos y no negarme a servirle algo como todos los demás habían hecho. En ese momento, sus hechizantes ojos negros me invadieron de un sentimiento nuevo el corazón y, no la pude dejar marchar. De eso hace seis años, y ahora están ella y dos pequeños esperándome en casa. Seguro que en estos momentos, ella no puede ni hacerse cargo de esos chiquillos que imaginamos iban a ser los mejores criados del mundo, en que mala hora le serví lo que me pidió. Ilusiones de juventud, al fin y al cabo; pues, aunque no lo creas, tengo 31 años, así que imagina la situación en la que estaba cuando la conocí.

- Pero hombre, está claro que es fácil decirlo, pero no te hundas. En lugar de eso, ¿sabes que haría en tu lugar? Mandaría a todos estos a sus casas -seguro que tienen a alguien esperándoles- y me iría yo también a buscar a esa familia. Cuida de los pequeños y de ella, y cuando esté mejor, hablad de lo que está pasando entre vosotros. No me creo que esté todo perdido.

- Pequeña infeliz, ¡qué ilusa eres!

- ¿Ilusa? No conoces mi vida, y ahora tampoco importa. Venga -dije alzando la voz- todo el mundo a sus casas.

Hubo un murmullo de indignación: ¿Y eso quién lo dice?

- Yo -contestó el tabernero. Y dirigiéndose a mí añadió: Muchacha, gracias por ayudarme, pensaba que ibas a ser la segunda parte de mi historia.

- Mi alma ya está perdida, al menos haré algo por la de los demás. Y... ¿Feliz Navidad?

- Supongo... Eres bienvenida siempre que quieras.

Me fui tambaleándome un poco buscando algún lugar donde pasar la noche. Y, por no faltar a mi palabra, volví un mes después. Volví y me sorprendí de que aquello era un bar, no el tugurio que había dejado.
¿El espíritu de la Navidad? No lo creo, más pronto una buena reflexión que también es hora de que la vaya haciendo... bueno, todos debemos de reflexionar en algún momento, y éste no creo que sea demasiado malo.

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