domingo, 21 de febrero de 2010

Tan sólo una muñeca

 

Soy sólo una muñeca, de trapo, inánime.
Ya no me queda más que dejarme mecer por el viento, pues aunque mi cuerpo resista -el trapo permanece inalterable por más que pasen los años- mi alma cada día está más y más hecha jirones.
Y aunque sonría, me duele. Aunque ría, me engaño. Sólo quiero llorar... pero es difícil elegir el momento oportuno para hacerlo; ése en el que nadie te pregunte ¿por qué lloras?
No quiero que nadie me pregunte, por eso más de una vez me aguanto las ganas. Además, ¿desde cuándo las muñecas de trapo tienen derecho a sentir?
Porque nunca fui una de esas muñecas tan admirada, no fui una muñeca de porcelana, de ojos melosos y apariencia cautivadora.
En su lugar, me hicieron de un trozo cualquiera de tela, sabiendo desde el principio que jamás nadie se fijaría en mis ojos, tan sólo pintados de cualquier manera. Desde los orígenes estaba predestinada a pasar inadvertida, a ser un juguete que pasaría entre las manos sin dejar huella y acabaría en el cajón del olvido, de donde nadie lo rescataría.
Y nunca, o eso parece, nadie se ha parado a pensar que también mi sencillo corazón necesita que lo quieran, que aunque desgarbada, también me gustan los abrazos. Al fin y al cabo, esto es algo común a todos, o eso me gusta creer.
Esta muñeca de trapo, remendada por más sitios de los que aparecen a simple vista, le gustaría ser querida... pero claro, eso es un sueño. Y no está bien que un simple trapo cumpla sus sueños.
En lugar de eso, me iré de nuevo a mi cajón, donde olvidada con otros muchos cachivaches, pronto no quedará nada de mí en la memoria de quienes me han conocido.
Quizá sería mejor. Me dejaré caer al abismo hasta que de mí no quede más que una simple tela deshilachada con una sonrisa emborronada por los años.

jueves, 18 de febrero de 2010

[...]

Y un Te quiero no es un Te amo

Más de una vez he dicho Te quiero.
¿Por qué? Porque quería o quiero a esas personas, porque cada día me han enseñado algo nuevo, un motivo por el que luchar... y así quiero que sigan a mi lado.
Y estas dos palabras no las utilizo sin desmesura, mas sí con quienes las merecen. Amigos, familia.

Nunca he dicho Te amo.
¿Por qué? Porque nunca he podido.
Estas dos palabras son las únicas que jamás han pronunciado mis labios. Se podría decir que... son demasiado valiosas para mí, a cualquiera no se las quiero decir. Para eso está el Te quiero.

[Desvaríos de medianoche]

PD: Entrada de blog del tuenti, pasada aquí antes de ser suprimida allí

lunes, 8 de febrero de 2010

Éramos pequeños

Una vez más vuelvo a sonreir, a ser una niña. Porque me encanta perderme en mi mundo, imaginar que nada de lo que me rodea es cierto.
Y así, hoy, como hiciera Alicia, me he decidido a seguir al conejo del reloj, sólo que no era un conejo y no llevaba un reloj en su mano.
He vuelto a ser pequeña y me he puesto a perseguir un gatito que estaba jugueteando cerca de donde me había quedado absorta en mis pensamientos y con la mirada fija en el infinito, en el patio donde me gusta ver a los niños y su ingenuidad, que cada vez se evapora más temprano.

De pronto, se ha acercado a mí, me ha mirado con unos intensos e inteligentes ojos amarillos como tratando de decirme algo y se ha marchado de mi lado sin decir ni "miau". "¡Gatiito! ¡No te vayas!"

Y, haciendo gala de una irresponsabidad impropia, pero que ya tenía ganas de demostrar, no lo he pensado más y lo he seguido. Me ha llevado por calles desconocidas, que ahora tan sólo recuerdo como unas manchas borrosas en la inmensidad de la memoria. Me ha llevado tan lejos de la plaza de mi barrio que creía que había sido un error seguirlo y pensaba en dar la vuelta. "No pienses tanto y sigue andando" ha dicho una voz en mi mente, procedente de quién sabe donde. Me he girado para ver si había alguien detrás de mí, pero allí no había nadie, ¡qué extraño!. Alegremente he vuelto la vista hacia delante, queriendo seguir al lindo gatito y jugar con él de una vez. Cual ha sido mi sorpresa al descubrir que allí no había ningún felino, ni nada que se le pareciera.

En su lugar, me he encontrado en una calle ya conocida, aunque de forma vaga, apenas he pasado una vez por allí, pero tiene un encanto que me impedirá olvidarla. No por lo que es, sino por lo que significa. Aún sabiendo dónde estaba, me he sentido sola, apenas era una niña pequeña bastante alejada de su casa. Se oyen pasos por detrás de mí.
¿¡Cómo!?, esa voz me resulta familiar, mas ese timbre no se identifica con el que tengo guardado en mis recuerdos. Soy pequeña de nuevo, pero la memoria permanece, permanece lo suficiente como para reconocer a quién ha hablado.

Me giro y sonrío una vez más. La intuición no me ha fallado, y no soy la única en este día que ha vuelto a ser pequeña. No, y así he redescubierto unos bonitos ojos oscuros en un rostro mucho más aniñado del que está continuamente en mi mente, tan repetidamente que llega a doler cerrar los ojos y verlo. No va solo, y a su lado veo a otro niño, que se parece por primera vez al otro chiquillo.
- ¿Y tú quién eres? -me pregunta el segundo, al parecer más confiado que el primero.
- ¿Yo? Pues... Sandra -respondo, algo azorada.- No sé cómo he llegado aquí.
Así nos presentamos y por primera vez, logramos ser algo más que compañeros de conversaciones y clases, también de juegos. Me divierte esta situación. Estoy segura de que todos sabemos quién es la persona que está a nuestro lado, pero callamos por miedo a parecer estúpidos e ingenuos. Comienzo a amar de nuevo esos ojos, y por una vez, nos podemos ver sin que medien entre nosotros dos pares de gafas.

Las horas pasan demasiado deprisa, y pronto atardece. Y ahora... ¿qué?. Ellos se tienen que ir y yo no sé dónde pasar la noche, si atreverme a volver a casa, no sé lo que me esperará.
El primero de los dos se despide con un: "¿Nos volveremos a ver?"
- Eso espero... me ha gustado conoceros -le digo con una sonrisa que imagino habrá ido acompañada de un rubor en las mejillas.
- ¡Miaaau! -se anuncia detrás de mí.
- Mínino, ¿dónde has estado?
"No me has echado en falta, no lo niegues" oigo en mi cabeza, como horas antes. Pues también tiene razón. Y se pone de nuevo en marcha.
Lo sigo y las casas vuelven a pasar por nuestro lado como borrones indefinidos. Creo que empiezo a saber por qué. Soy pequeña e ingenua, pero no tonta.

Llegamos de nuevo al patio donde me había tomado y... sigue siendo de día.

Tengo curiosidad de saber cuánto tiempo ha pasado, así que miro el reloj que está en mi muñeca , recuerdo que poco antes de ver al gato eran casi las once de la mañana. Marca la misma hora, no es posible. Me pongo el reloj en la oreja, por si acaso se ha parado la maquinaria, se ha agotado la pila o quién sabe qué ha pasado. Es extraño, funciona.
¿Ha sido un sueño? No lo sé, tampoco me importa, me digo con una sonrisa.

En ese momento, oigo una voz que me llama. No, esto no es un cuento, no es él. Es una chica que me está pidiendo que le preste unos apuntes.
- ¡Eso está hecho!
Y busco entre los papeles de mi mochila. Al levantar la vista, esta vez sí, le veo delante de mí, tal y como es bastantes años después de ese momento que acabamos de vivir. Nos miramos a los ojos, mis ojos marrones claros, sus ojos marrones oscuros casi negros; en esta ocasión no podemos directamente, pero como si así fuera. Sorprendentemente, me pregunta:
- Tú... ¿cómo eras de pequeña?

sábado, 6 de febrero de 2010

Vamos a la Luna

Mientras exista el movimiento de los astros, podremos vivir en la Luna. Allí construiremos nuestra base permanente y nadie nos molestará.
No vendrán esas impertinentes niñatas de risita burlona, no estarán invitadas a nuestro rincón. Tampoco esas otras que tratan de entrar acercándose más de lo necesario a nuestros planes. Esas que con dulces palabras tratan de alcanzar nuestra nave espacial. También tienen vetado el paso.
La Luna será nuestra. Ni Apollos ni nadie nos la quitará.
Allí seremos libres al fin de todo nuestro entorno. Entregarnos el uno al otro y dejar que pase el tiempo sin que nada importe. Porque será el vacío espacio-temporal, aquél en que tú y yo seremos uno. Iremos al amanecer, me veré reflejada en tus ojos con los primeros rayos del sol; y seguiremos juntos mientras las horas pasan ajenas a nosotros, hasta que el sol caiga y juntemos nuestros cuerpos para hacer más soportable el frío, los unamos hasta fusionarnos y no ser más que uno.
Allí, en la Luna. En nuestra Luna. Nuestra liberación, donde los preceptos terrestres ya no tendrán validez.
Mientras exista el movimiento rotacional podremos observar nuestras casas desde nuestro nido, y también podremos bajar cuando nos sintamos solos y necesitemos volver a la mundanal realidad. Esa realidad en la que volverán a haber moscas, cantidades ingentes de moscas pululando sin cesar... Pero, me he traído el matamoscas ¡plof! "Una menos", digo con una sonrisa en la cara.
Porque esa sonrisa será perpetua, contigo todo será un mundo perfecto, un universo perfecto.
Esta es mi propuesta... ¿te gusta el plan? Tengo la nave aparcada en la puerta de tu casa, tan sólo hazme una señal y huiremos juntos a un mundo desconocido. No, a un mundo no, a la Luna.
Nuestra Luna.

lunes, 1 de febrero de 2010

Cambios

Era una noche oscura, o tal vez una noche como cualquier otra, al fin y al cabo... ¿qué noche no es oscura? Con su risa siniestra atravesó los lindes de la ciudad, y no contento con ello, avanzó poco a poco, y se introdujo en cada casa, dejando parte de su esencia en ellas.
En un principio, nadie advirtió el cambio que ese ser, esa identidad nueva, había producido en sus vidas. Su mentalidad se había visto modificada, y de pronto, todo aquello que habían dicho odiar formaba parte de su cotidianeidad.
Sí, porque este ente tenía esa función, adentrarse en lo más profundo de cada habitante para despertar en él lo más oscuro, lo más despreciable... y que poco a poco se alejara de su vida anterior.
Tras unos días, algunos, los más avispados, percibían variaciones en sus seres más cercanos, pero sin saber como actuar, se mantenían en la sombra. Entonces era cuando nuestra apreciada nueva identidad les contagiaba y producía en ellos el mismo efecto que a quienes se lo habían reprochado poco tiempo atrás.
Porque de pronto, parecían haber olvidado a esos amigos que habían estado ahí en todo momento, dejaban de hablar con ellos de la noche a la mañana... ofrecían excusas baratas a silencios inexplicables.Y, esto... ¿por qué? Nadie que no estuviera infectado lo sabría.
Lo peor de todo esto es que es mucho más que una fábula, que un simple relato... porque llega un momento en que la gente no sé si se toma algo en mal estado, les lavan el cerebro o un poco de cada cosa; porque de pronto olvidan sus antiguos lazos y no se preocupan por ellos. Mientras, en el otro lado, tienen a esos amigos preocupándose por ellos, dejando de lado todo por buscar la manera de reestablecer el contacto, dejándose la piel por esa persona que parece haber olvidado quién es y cómo es.
Quien sepa la razón de estos cambios, que lo comunique a la mayor brevedad... más de una persona está en juego. Y, lo más importante, ¿es este cambio reversible? Esperemos que sí.