miércoles, 28 de abril de 2010

Bajo la almohada


Una noche tras otra ahogo los sollozos bajo la almohada. Y me siento estúpida de nuevo. Y comienzo a llorar con más fuerza.

Porque los pañuelos nada pueden hacer para guardarme de mis fantasmas, y se quedan tirados en el suelo esperando a que al día siguiente los recoja y los dejé caer sin más en el cubo de la basura, en un amago que queda oculto al resto por vergüenza a que descubran lo que pasa cada noche antes de que el sueño me venza.

Y esa almohada guarda más secretos que nadie. Porque sólo en el silencio de las noches, ese que sólo se rompe con la repiración entrecortada que surge entre las lágrimas y que me hace suspirar a veces incontroladamente, le confieso a ella todo lo que pasa por mi cabeza. No me podrá responder ni hoy ni nunca, pero tampoco me criticará por pensar tonterías o dejar de atender a otras cosas por ello. No es juez ni verdugo. Por eso confío en ella.

Ahora una noche tras otra tienen su fin de igual manera. Y estoy cada día temiendo más que amanezca, temiéndolo y ansiándolo a partes iguales. Siempre lo mismo, como le susurro a mi almohada antes de que un repingo se sobreponga al silencio y hunda mi cabeza bajo la almohada para evitar despertar a nadie. Sólo me faltaba que alguien se preocupara por mí, porque la madrugada es el mejor momento para pasar desapercibido y me gusta que sea así.

Esta noche ya tengo la almohada y la caja de pañuelos, y estaré allí y como siempre volveré a ver mis miedos y fantasmas unidos y volverán a pasar las mismas estupideces por mi cabeza y volverán a humedecérseme los ojos y otra vez, otra más de una cadena que quisiera romper, lloraré y luego me sentiré más idiota que antes... y tal vez me ponga música para tratar de evadir estos pensamientos y me encontraré con una canción que me los haga volver y me sentiré frustrada... y apagaré la radio, me daré media vuelta en la cama e intentaré dormir... dormir sintiendo los ojos picarme y también las mejillas tirantes por las lágrimas que aún esporádicamente bajan y mojan las sábanas.

Y como las tortugas, meteré de nuevo la cabeza bajo la almohada. Sollozando por todos esos silencios y en todos ellos volveré a pensar... y a llorar.

http://www.youtube.com/watch?v=7Pg3uk1hxtQ

domingo, 25 de abril de 2010

No puedo más

Ya compré el candado, lo tengo entre mis manos, abierto. Abierto porque tiré la llave al mar, para que se oxide y se pierda en el olvido. Abierto porque cuando lo cierre, no quiero que nadie ose reabrirlo, que nadie intente que cambie mi decisión.

Aún así, lo miro y no me decido a encadenar mis sueños a él, al candado. Los necesito. Por más que me pesen y me lastren a un mundo que no comprendo. A un mundo que es demasiado complicado para mí.

Porque son parte de mí, mi parte irracional... mis miedos y mis pasiones. Todos unidos en algo que no sé cómo asimilar. En algo que me supera día a día, y por eso es que quiero en ocasiones alejarlo de mí. Pero al mismo tiempo, sé que nunca seré capaz de hacerlo, los necesito.

Miro de nuevo el candado y dos lágrimas resbalan por mis mejillas. No me siento capaz de cumplir mis propósitos... No tengo ninguna fuerza de voluntad.
Y no sólo eso, cada vez mis sueños tienen más fuerza que yo, que estoy debilitándome sin apenas darme ni cuenta. No puedo más.

Así que, dejaré el candado encima de la mesa, o mejor aún... lo cerraré sellando con él todas mis voluntades que han caído conmigo.

[...]

Ya no sé ni hacer lo que más me gusta... escribir. Sólo me queda leer y empaparme de un mundo que no me pertenece, porque sólo el viaje a otros lugares desde el silencio de mi habitación me permite huir por un momento de mis miedos. No puedo más.

lunes, 19 de abril de 2010

Are you there? The wind gave me your voice, and now, itself stole me all I've dreamt so many times...
Are you there? I need to know if I can trust of you again, as we were younger, as we were only children
Are you there? Are you there? Please, say it to me... I cannot continue with you

[...]

Fragmento que ha salido de una conversación de msn.
Se queda aquí porque quería conservarlo.

viernes, 16 de abril de 2010

Las noches de París.



Como un faro iluminaba los cielos de París, haciendo que se creara un ambiente romántico. Por ello era el símbolo de la ciudad, un montón de hierros que paradójicamente se había convertido en el escenario de muchos momentos mágicos en la ciudad del amor. O la ciudad de la luz, que es su verdadera denominación.
Más en aquellas imágenes que estaban observando mis retinas no había ni un atisbo de amor, tan sólo era una bella instantánea que quedó registrada para siempre como fotografía. El amor quedó en otro lugar, a muchos kilómetros de aquel faro nocturno en que se había convertido la Torre Eiffel.
Al menos sí era la ciudad de la luz. Aunque algunas luces estuvieran apagadas... las menos visibles. Ésas que son detalles que pasan desapercibidos para cualquiera que viva en este estresante mundo en que sólo los más arrolladores tienen su lugar. El resto no tendrá más compañía que la de su espíritu, si es que éste es fuerte. Si no, quedará en soledad.
Y no puedo mentir, en aquellos momentos en que estaba cumpliendo mi sueño más antiguo me sentí muy sola, por más que no dijera nada al respecto e hiciera todavía menos.
Porque París es la ciudad de mis sueños como he podido observar, pero éste no ha sido el viaje de mis sueños. No así. No pasando sola la última noche mientras llegaban risas del otro lado de la pared. Risas en las que nunca encontré mi lugar.
Las noches de París. Donde sentirse amado o solo. Un cuchillo de doble filo y cuyas heridas son mortales.

lunes, 5 de abril de 2010

La llamada

Con un redoble de tambores se anunció una nueva actuación en aquel programa de variedades con un formato tantas veces utilizado. Tantas veces que ya me aburría. Y la actuación no era más que uno de esos grupos de pop clónicos de las estrellas estadounidenses de tiempo atrás. Siempre por detrás... ¡bien vamos!
Así que, hastiada, cogí el mando de la televisión y dudé si estamparlo contra aquélla. Pensando que sería un gasto inútil de tiempo y dinero, recapacité y simplemente la apagué. Por fin dejaban de sonar los endiablados tambores en mi cabeza. Silencio. Lo necesitaba.
¡Ah, pero no! Se ve que el silencio y yo no nos llevamos bien. En la otra punta de la casa sonó el teléfono y cuando fui a cogerlo, se cortó. Lo de siempre, claro. Después de casi matarme tres o cuatro veces, cortan. Con el ánimo un poco tocado y esperando que quién había llamado fuera uno de tantos publicistas y vendedores de packs de teléfono e internet, miré la lista de llamadas perdidas.
De pronto, la expresión de mi cara cambió... y los ánimos también se calmaron. Quien llamaba estaba muy lejos de querer venderme la oferta de mis sueños que me haría pagar menos de la mitad de mi consumo con Telefónica. Era una de esas personas que con el tiempo se ha ganado el título, porque es un título más valioso que el de conde o duque, de AMIGO. Y evidentemente, un amigo no me iba a ofrecer lo que antes había pensado.
Sin dudarlo, le llamé. Y quedamos para pasar la tarde.
Quizá esto a cualquiera le pudiera parecer una acción rutinaria, e incluso simple. Pero para alguien que ha estado durante años casi enclaustrada y deseando poder hacer lo que cualquier otra persona de su edad, es toda una noticia. Poder pasar la tarde con amigos, reir despreocupadamente y también compartir momentos buenos y malos. Algo único.
Porque la amistad es lo más bonito que nos puede pasar. Lo que hace que merezca la pena vivir. Más incluso que el amor, que es efímero aún cuando sea poderoso. Porque un amigo, si es de verdad, estará siempre ahí.
Y sin más pensarlo, cogí dos cosas, y salí de casa.
Dispuesta a comerme el mundo. Junto a los AMIGOS.

jueves, 1 de abril de 2010

Tú, mi libro.


Recuerdo ese primer día en que te vi, abandonado en un estante como yo en aquel lugar. Y entonces supe que nuestro destino estaría unido de por vida. Tú, mi primer libro. Tú, que me descubriste mil mundos maravillosos de los que nunca me quería marchar. Tú, que me hiciste sonreir y reir hasta extasiarme.
De aquello ya hace muchos años, y ahora apenas tienes hueco entre las abigarradas estanterías de mi habitación. Allí sigues, maltrecho de tanto estar entre mis manos, de tantas veces que he vivido entre tus páginas. Pero aunque ahora ya no seas el único, las cosas no van a cambiar para mí. Siempre serás el primero, que nunca se olvida. Como el primer amor.
Porque incluso podría afirmar que fuiste mi primer amor. Tú que me descubriste que el paraíso se encontraba entre letras. Tú que me enseñaste a amar la literatura desde tus páginas manoseadas, desde tu espíritu emprendedor. Porque me emprendiste en una aventura, en la de la lectura. Y desde entonces, sigo embarcada en ella.
Y allí tienes tú un lugar especial. Tú, mi libro.