sábado, 29 de mayo de 2010

Retazos de un lloro



Un niño grita, patalea divertido. Se cae. Llora.

Cruza la carretera un gato. Un coche pasa. No lo ve. Una niña sí. Se asusta. Llora.

Ella le espera con ilusión. Todo preparado para los dos. Recibe una llamada. Su mundo se derrumba. Llora.

Todos ríen. Menos ella. No le hablan. No la entienden. Se va. Llora.

Un hombre grita. Se oyen improperios fuera de tono. Como siempre, ella aguanta. Llora.

Ella escucha injusticias. Se calla. Y vuelve a llorar.

lunes, 24 de mayo de 2010

El patio de mi casa

El final está a la vuelta de la esquina, pero tú estás más cerca. Tú, con tus ojos traviesos y tu sonrisa pícara. Tú, con tus desconciertos y tus miedos. Tú, al fin y al cabo, como yo.
Porque bajo escalón a escalón, y te veo apoyado en la pared. Y sonrío al pensar que aún no me has visto. Sonrío porque te noto tan cerca que me da incluso miedo acercarme más a ti... A ti que cada día conoces más de mí. A ti que estás esperándome en el patio de mi casa.
El patio de mi casa... esto me evoca la popular cancioncilla que todos hemos cantado. Y de pronto me invaden unas ganas tremendas de cogerte de las manos, y ponernos a bailar en círculos sin pensar en nada más que en la simple e inocente diversión, sin maldades y sin preocupaciones.
Pero vuelvo a la realidad, y sorprendentemente tú no te has ido con ella. Sigues ahí, como en un sueño... y camino por el vestíbulo, te giras y me ves. Sonreímos. Abro la puerta y reímos.
Por tus ocurrencias, por las mías. Por ser crédula, por creer en ti. Y deseo en este momento que los relojes se paren. Que estemos tú y yo siempre aquí. Bajo mi casa. Solos. Sin que nada altere nuestras sonrisas y el brillo de nuestros ojos, que refulgen cuales brasas.
Mas este sueño es demasiado bonito para ser real. Nos despedimos. Te giras y te vas. Dejándome más cerca del final... y más cerca del abismo.
Y de pronto caigo en la cuenta que se me ha olvidado decirte lo más importante:
Te quiero.

sábado, 15 de mayo de 2010

Perspectivas

Todo depende de por dónde se mire. Pero eso no es nuevo.

Tampoco lo es que desde la distancia se aprecian mejor los detalles, se obtiene una visión más amplia... por eso trato de enfocarla día a día, hora a hora. Alejándome del epicentro para poder ver más allá de donde me alcanzaría la vista de normal.

Porque desde lejos lo veo todo de otro modo. Aunque no es muy halagüeña esta perspectiva, todo sea dicho. Todo se ve más borroso y los contornos se observan difusos, y los recuerdos con ellos también. Y confundo cosas, que me toca después retomar para darme cuenta que indudablemente siempre alcanzo conclusiones inverosímiles. Pero qué más da.

Además, es inevitable alejarse del centro neurálgico de todo. Porque somos como las galaxias, que nos alejamos poco a poco de nuestros centros. De nuestros deseos y nuestros sueños. Es ley de vida.

Es saber valorar la perspectiva. Y aceptarla sin más.

Eso es todo.

lunes, 10 de mayo de 2010

No soy como tú.

Ahora, ¿por qué no?
Darme media vuelta y echar a volar.
Ahora, ¿por qué no?
Sin mediar una sonrisa romper a llorar.

Y alejarme como alma que lleva el diablo, escondiéndome de todos los caminos transitados. Ser un proscrito y no volver jamás.

Porque los días de arrepentimiento ya pasaron, ya nadie me mirará más a la cara. Por más que antes tampoco lo hicieran. Pero ahora decido yo.

No elegí ser así, nadie me preguntó si deseaba ser diferente al resto. Y aunque lo haya rechazado durante años, ya no lo haré.

No conseguirán que agache la cabeza. No ante ellos, verdugos de la libertad.

No les daré el gusto de que vean las lágrimas brotar de mis ojos. Antes huir.

Quisieron cortar mis alas, y no lograron su objetivo. No soy uno más. Nunca lo fui, ni lo seré.

domingo, 9 de mayo de 2010

Flores de Mayo.

Un día deja paso al otro, y de pronto ya estamos a más de la mitad de la primavera. Mayo.
Y llueve, llueve como si el mundo se acabase.

¿Es posible que el tiempo se haya aliado conmigo?
Porque en estos momentos, me está interpretando a la perfección.



Flor traicionera, que no abres tus pétalos, tan sólo encandilas al ingenuo observador, le vendes tu esencia... y cuando se la muestras, te marchitas.
Y te vas, sin dejar nada de ti más que un resto mustio de una admiración efímera.


El tiempo es efímero... y cuando te quieres dar cuenta, todo se ha ido. Y te quedas ahí, pasmarote, deseando poder volver atrás y cambiar algunas cosas, y vivir otras.

domingo, 2 de mayo de 2010

A solas con el piano

Prueba esta vez con clave de sol para la izquierda y clave de fa para la derecha. Tampoco sale nada. Nada queda ya de aquel joven pianista que pasaba las tardes componiendo e interpretando piezas a cual más rebosante de belleza y sentimiento.
Esa década pasó y ahora frente al instrumento se sienta un adulto con los sueños rotos y sin ánimos para continuar superando los avatares de la vida.
Coge la partitura, el trabajo de una semana, la mira y en un arrebato la tira al fuego, donde las llamas devoran con avidez las notas y crepitan como una risa malvada que se burla de su fracaso. Ese fracaso que ha seguido a sus años de gloria y lo ha mortificado bajo el peso del anonimato y el olvido.
Y sin más, sin poder remediarlo, rompe a llorar. Y se siente ridículo al verse acabado, con las lágrimas cayendo por sus mejillas como ríos que se desbordan tras una tormenta inesperada. No, él no era así unos años atrás...

Era una tarde de primavera, los primeros calores de mayo, y él había ido hasta allí aprovechando el buen tiempo para mirar por la ventana. Se acercó con cuidado de no pisar las flores que crecían a sus pies, un camino colorido y con un perfume embriagador, y aprovechando la intimidad que ofrecía la cortina respecto a la sala de estar, la escuchó tocar.
La melodía que interpretaba era tan delicada como ella. Ella, la única chica del pueblo de la que apenas sin conocía su nombre, y la única que había cautivado su corazón desde la primera vez que se cruzaron por el pueblo, al llegar ella desde la gran ciudad. Desde la ventana veía las suaves ondas de su melena castaña caer por su espalda como una cascada, y se imaginaba rodeándola con sus brazos y acariciando suavemente aquel manto oscuro mientras la brisa los mecía con suavidad. Era apocada, quizá demasiado pequeña para sus quince años, pero este aspecto quebradizo la hacía aún más atractiva a los ojos del adolescente que observaba embelesado cada uno de sus movimientos.
Y allí, viendo el reflejo del rostro de ella, con sus facciones menudas, en el vaso de agua que se encontraba sobre el piano, supo que había encontrado su destino. Ella, su amor, y el piano, su profesión.
En un momento dado, ella se levantó y pareció verlo en el reflejo, a lo que él respodió agachándose instintivamente. No quería que nada perturbara su tranquilidad. Cuando volvió a erguirse, vio que su impresión había sido equivocada, y lo que había sucedido era que ella había colocado un jazmín dentro del vaso. Una flor muy acorde a ella, a Delia, delicada, efímera y con una esencia digna de las más grandes.
Precisamente sería el jazmín el título de su primera composición años después, pero eso él ahora no lo sabía.
Siguió observándola durante horas, aprendiendo de sus errores y también de sus aciertos, de la diferencia entre unos compases y otros, entre la duración de las notas, y sobre todo, de la elegancia de sus dedos al rozar y pulsar las teclas. Teclas que dibujarían melodías maravillosas al abrigo de una sala con decoración modernista, de finales del XIX, y en la cuál ella hacía de broche con su piano.


Recordando estos momentos se sintió solo, y comenzó a tocar sin apenas darse cuenta la más triste de sus composiciones... "la ausencia" La ausencia, ese sentimiento que con vida propia lo había encadenado al pasado, como un ancla cruel y despiadada.

Había seguido visitándola tarde tras tarde hasta que un día se encontró con el hecho de que ella no estaba sentada en el piano. El desasosiego que lo invadió lo recordaría de por vida, ¿dónde estaba Delia? ¿no le habría pasado nada?
-Hugo -dijo una voz aterciopelada detrás de él.
El chico se sobresaltó e inmediatamente a sus mejillas acudió un rubor que le hizo sentirse descubierto.
-¿Qué haces aquí? -continuó ella.
-Yo... yo... nada -respondió él.- Bueno, sí hacía algo, escucharte. Me encanta como tocas.
-¿Quieres pasar? -le propuso Delia.
No podía ser, tantas tardes perdidas y ella lo resolvía tan fácilmente.
-... Vale, pero no quiero molestar.
-Tú nunca molestas -fue el fin de la conversación.
Y así aprendió él a tocar, teniéndola como maestra, y superándola al poco tiempo por tener mejor oído que la joven.
Una tarde, acabadas ya las interpretaciones de uno y otro, se miraron y comprendieron que entre ellos nunca podría haber nada más que la relación existente. Estaban condenados al silencio de sus labios, que se anhelaban. ¿Por qué? Porque no podían estar juntos. Ella no estaría mucho más tiempo allí, y él tendría que dejarla ir. Aún así, Hugo, con sus intensos ojos azules, la miró y vio en el vacío de ella que necesitaba amor.
Y la abrazó, dejando que sus miedos salieran y los fantasmas del pasado y del presente les permitieran estar solos por unos instantes.
-Delia...
-No digas nada.
-Te amo. Desde la primera vez que te vi te necesité, supe que sin ti mi vida no volvería a tener sentido, que cada día lejos de ti sería una lenta agonía -confesó en voz baja pero profunda Hugo.- No te vayas, por favor.
-No me lo hagas más difícil. Sabes que no depende de mí. Y ahora, vete, te lo pido. Si me amas, vete.
Y él salió de la casa, dejando "el jazmín" tras él, el vaso con el jazmín igualmente sobre el piano, y corrió hasta llegar al río, al cual se tiró como quien desea la expiación de sus pecados.
Tres días más tarde recibió en su casa una carta:


"Querido Hugo,
Interpreté anoche en nuestro piano tu obra. Jamás me he sentido igual, ni tocando a los grandes.
Te la devuelvo porque yo ya no voy a poder tocarla más. Mañana tengo que irme a la capital, ya sabes por qué. No volveré.
Puedes seguir viniendo a tocar todos los días. Tienes más talento que yo, lo supe desde la primera vez que te oí. Incluso desde los días en que te escondías tras la cortina creyendo que no te veía.
Es más, se lo diré a mis padres. El piano es tuyo. No quiero que se quede vacío y sólo tú lo puedes llenar de sentimiento.
Siempre te tendré en el corazón. Te quiero.
Delia
"


Esa noche lloró como nunca antes lo había hecho. Y cogiendo una hoja con el pentagrama dibujado, escribió esa pieza... "la ausencia"


Años después, volvía a tocarla, con más sentimiento y melancolía que la vez primera. De nuevo sobre el piano de Delia, del que nunca se había separado. Tampoco ahora, tantos años después de su desaparición.
Lo había llevado incluso cuando salió del pueblo, también a los recitales que había hecho. Lo tomaban por loco y maniático, pero sabía que en ningún otro piano habría podido tocar jamás aquella obras. Estaban hechas para él.
Y sintiéndose sin fuerzas tras recordarla, se dejó caer sobre las teclas, haciendo que sonaran con un lánguido sonido desafinado.
Hugo aún se preguntaría antes de caer en la inconsciencia por qué tuvo que morir. Después vino el vacío.