martes, 28 de septiembre de 2010

Muñeca de trapo



Hace mucho que ya no juego con muñecas. Montones de trapo quedaron relegados al olvido, obligados a exiliarse allá donde nadie se había aventurado a entrar. Ya no se dibuja en mi cara una sonrisa, cada vez queda menos de aquella ilusa que una vez fui y ya no creo nunca volver a ser. Me ilusionaba ver la muñeca entre mis manos, sentirla cerca de mi corazón y emocionarme con unas palabras que ahora pienso que fueron producto de mi imaginación.
No juego. No sonrío. Sólo la sobriedad habita mi corazón junto a los recuerdos de tiempos mejores en los que la sola mención de mi amada muñeca hacía latir este órgano herido a ritmos desconocidos.
Me gustaba saber de ella, sentirme arropada con su compañía, amarla sin pensar que los días de juegos acabarían algún día. Pero lo que más me duele es que jamás hice nada por conservarla a mi lado, dejé que el tiempo siguiera su curso y me la arrebatara de mi lado cuando más fuertes creí los lazos.

No sé si alguna vez la volveré a ver. La echo mucho de menos. Me gustaría enfrentarme a quienes me la quitaron y decirle lo importante que ha sido en mi vida, ser capaz de llamarla y así volver a estar con ella para nunca más separarme. Decirle que siempre será mi muñeca, mi muñeca de trapo.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Olvido

Dicen que la muerte no está en el momento en el que dejas de respirar, está en el olvido. Pues sólo si alguien piensa en uno, uno existe... por tiempo que pase.
Pero hay veces que la muerte llega en vida, cuando ya nadie recuerda tu existencia ni repara en tu presencia cuando estás junto al resto del mundo. Esto es lo más triste que le puede pasar a una persona... quedar en el olvido.

Lamentablemente, en nuestros días, en los que el estrés hace que vivamos demasiado deprisa; es muy fácil caer en esta decadencia que lleva a ninguna parte. Encontrarse desubicado en medio de un mundo anónimo es cada vez más fácil. Luego dicen de la existencia de problemas sociales, de desequilibrios mentales y de individuos, que en una vana búsqueda de atención, cometen verdaderas atrocidades.

No somos más que el producto de nuestras acciones. Y por más que avance la sociedad, los miedos continúan anidados en nuestro interior... entre ellos, el miedo al olvido, el miedo a morir en vida.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Fantasía o realidad

Noche cerrada junto al mar, oigo el rumor de las olas y creo que susurran las lágrimas que ya no salen de mis ojos. Es la noche de los sentidos, aquella en la que ya no hay luz al final del túnel, ni alegres voces que me dibujen una sonrisa, ni tu olor evocado por la brisa del mar junto al que te conocí.
Estoy sentada en la arena, tratando de encontrar entre los granos algo que te traiga de vuelta a mi lado y en su lugar sólo hallo recuerdos que hacen resbalar lágrimas por mis mejillas, mejillas en las que no hace mucho podía dibujar el sonrojo típico de la inocencia cogida en falta, de las miradas furtivas que te dedicaba.
Veo la playa y en cada matiz te encuentro representado, a ti, que con tu melódica voz pronunciaste mi nombre con una intensidad que jamás había conocido y que nunca podré olvidar. No sé si lo sabes, pero aunque no lo quieras, formas parte de mí.
Lo supe desde el momento en que te conocí, momento en el que tus ojos vivarachos se cruzaron con los míos e hicieron que esta playa que ahora nos acoge a tu recuerdo y a mí quedara prendada por tus encantos.
Y en esta eterna noche me queda sólo la esperanza de que vuelvas, de que encuentres alguna razón para reunirte con los pedazos de este corazón que laten sin sentido antes de que su ritmo decelere hasta detenerse.
El rumor de las olas me evoca tu risa, ¿lo sabías?


Y ese rumor me induce a un sueño, plácido y tormentoso al mismo tiempo, por contradictorio que suene.
[...]
Puedo ver un rayo de sol dibujando tus facciones, lo hace con tanta delicadeza que temo moverme por si mi sombra estropea tan bello efecto. De pronto, oigo tu voz, soñolienta en la mañana y natural como la hierba que nos rodea hasta más allá de donde me alcanza la vista. Te giras y me ves sonriéndote embelesada.
- ¿Cuánto llevas así?
- No lo sé. Pierdo la noción del tiempo cuando estoy a tu lado - te respondo mientras nos levantamos suavemente, con temor de romper el encanto de nuestra primera noche juntos. - Gracias.
Me miras con tus ojos oscuros, esos que sabes que me dejan sin palabras.
- No habría sido posible sin ti - me contestas.
De pronto, vemos como un pájaro inicia un baile de cortejo a una hembra. Cruzamos una mirada y sin mediar palabra, juntamos nuestros cuerpos hasta que se hacen uno.
Con fuerza, pero sin brutalidad, te siento de nuevo dentro de mí, y deseo que este momento nunca se acabe, que nadie se acuerde de que hemos desaparecido y nos dejen disfrutar de este amor que tanto ha tardado en hacerse real.
Abro los ojos y comprendo todo lo que hasta ahora nunca había imaginado, que esto no acabará mientras la pasión sobreviva a la rutina y a quienes quieran separarnos. Sin saber por qué noto los pies húmedos, me asusto y veo como te alejas de mi lado.
- No... no te vayas. Sin ti no soy nada.
[...]
Me he quedado dormida evocándote en sueños, y ahora me doy cuenta de que la marea ha subido durante la noche y me ha empapado los pies.
Haciendo caso omiso a este pequeño inciso de la noche de mis recuerdos, trato de volver a dormir. No puedo volver envuelta en lágrimas de madrugada a casa.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Cielo, tierra y quizá alguna reflexión

Del cielo a la tierra hay un infinito, o eso es lo que siempre me habían enseñado a creer. No es cierto. Es sólo una leyenda urbana, como tantas otras.
Sólo que el cielo no es tampoco aquello que siempre me habían vendido. No es un paraíso lleno de nubes y angelitos volando. No se parece en nada a eso. Es algo muy personal, y para mí es el clímax de la felicidad, más quisiera que también del placer. Porque mi cielo tiene nombre y apellidos, dicen que está en la tierra (aunque hay veces en que lo dudo) y, lo más parecido a las nubes es que mi mente se pierde allí cada vez que lo piensa.
La tierra, en cambio, es más difícil de definir. Porque, ¿qué es?... puede ser tanto el planeta que habitamos y destruimos cada día (a partes iguales), la sustancia arenosa que se nos queda entre las manos cuando nos encontramos con la naturaleza en su pura esencia, las raíces que tenemos con un lugar o, tan sólo, el lugar de unión con el cielo.
Digo tan sólo y ni lo entiendo. ¿Por qué simplificarlo tanto? La tierra es el nexo con el sueño que vivo despierta, mi paraíso terrenal. 
El cielo, ahora tornasolado, me refleja una imagen lejana que me evoca recuerdos a miles. 
Ahora es el momento oportuno para que alguien venga y diga: "Baja a la Tierra".
¿Quién ha dicho que no esté en ella? ¿Por qué esos tópicos de cielo y tierra?

Yo vivo mi tierra y anhelo mi cielo. Todo está tan cerca como lo queramos tener, las distancias las ponemos los humanos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Un final sin escribir



Sólo veo una espesa niebla al final del camino, y no me quiero resignar a entrar en el valle del olvido, donde las brumas entumecen los recuerdos hasta que al final no queda nada de ellos. Aunque, la única opción que tengo es seguir avanzando, sin saber muy bien cómo, porque no se me ha dado la posibilidad de elegir (o quizá sí y no quise ver la alternativa).
Así que, sin desearlo, tendré que adentrarme en ese horizonte borroso donde no podré ver todo lo que ahora me rodea y me veré obligada a caminar a tientas.

Un paso sigue a otro paso, a veces llueve y otras hace sol, incluso hay días en los cuales es difícil determinar el fenómeno meteorológico bajo el influjo del cual nos encontramos. Y, sin apenas darme cuenta, he dejado atrás ese bello camino lleno de alegría y verdor para adentrarme a ciegas en una nueva etapa.

Sin poder volver atrás, porque el tiempo es caprichoso y si lo dejas pasar, no vuelve. Si lo desperdicias, no tiene solución... es tu vida la que pasa. Y cuando quieres comprender que tu hora ha pasado, ya es tarde.

No queda otra alternativa que continuar hacia un futuro incierto, en el cual los días pasados marcarán nuestros pasos, pero ya no serán iguales. Nunca nada podrá repetirse.