domingo, 24 de octubre de 2010

A los pies de la Torre Eiffel


Noche cerrada. Luna nueva. Solo las luces de las calles iluminan nuestras caras. De pronto, apagón. "¿Quién habrá sido?" nos preguntamos con brillo pícaro en los ojos (brillo que cada uno imaginamos en la mirada del otro, no hay manera de vernos).
Y yo, que odio la oscuridad, no tengo miedo. Te tengo al lado y me proporcionas seguridad. Sabes que contigo me iría al fin del mundo, me tiraría sin paracaídas de lo alto de la torre.
Pero, no estamos en lo alto, sino a los pies de la Torre Eiffel. Tú, yo y desconocidos que nada nos importan. De repente noto tus manos bajo mi blusa y, en sincronía perfecta, te quito la camiseta. Piel junto a piel. Tengo calor.
Nos tumbamos sobre la fría piedra, pero no noto ese frescor subiéndome por la espina dorsal. Sólo noto tu calor, eres una fuente de radiación inacabable. "¿Lo sabías?" te susurro al oído. Y nos sobran también los pantalones. Tú me quitas con cuidado los pantalones de pitillo, un botón y luego otro, me besas toda esa zona con delicadeza. Me quitas una pernera y luego la otra, noto tus piernas sobre las mías." ¿Cuándo te has quitado tú los vaqueros?" me pregunto.
Solo resta la ropa interior, que poco a poco noto más ligera, hasta que queda a nuestro lado. Ya nada media entre nosotros. Somos uno y ambos lo sentimos. Me susurras palabras de amor mezcladas con otras más subidas de tono. Me ruborizo. Pienso lo afortunados que somos esta noche, nuestra primera visita a París sin que nadie medie entre nosotros, estamos conociendo una ciudad nueva. Estamos conociéndonos con nuestras manos, todo nuestro cuerpo está en contacto. Podría morir ahora, es el clímax de la felicidad.
Pero... las luces se encienden de golpe. Me ciegan, y antes de que vuelva a abrir los ojos, ya tenemos a una pareja de gendarmes a nuestro lado.
"Exhibicionismo público" leo en la denuncia. "Envidia de nuestra felicidad" pienso mientras nos llevan esposados a la comisaría más próxima. Vosotros nunca viviréis lo que acabamos de sentir. Vuestro pudor francés os lo impediría, pasa por mi cabeza mientras se dibuja una sonrisa en mi cara.

jueves, 14 de octubre de 2010

Corrosión

Del limón me dijeron que su acidez era característica. No quise creerlos y no pude evitar hacer una mueca al notar su jugo sobre mis papilas gustativas. Me miraron con una expresión que mezclaba incredulidad y superioridad, había caído en un error de principiante al probar del más ácido de los cítricos.

Con el tiempo, fueron ellos los que me dieron la razón. Pude saborear el limón en toda su plenitud, desafié sus límites y los superé quedando por encima de todos los pronósticos sobre mi paciencia.

Puede que el ácido al principio me corroyera el sentido común, pero poco a poco empezó a formar parte de mí... y de la misma manera que antes no permitían que el zumo del limón cayera sobre los azulejos, tampoco a mí me dejaron acercarme a ellos.

¿Miedo? No lo sé, mas mi espíritu de superación me dejó llegar a donde ellos no podían imaginar ni en sus sueños más optimistas.

Corrosiva como yo sola, aquí me encuentro comiéndome un limón con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Quién quiere acompañarme? ¿Quién se atreve a perder su dulzura?

Eso sí, aviso: Al igual que quien juega con fuego corre el riesgo de quemarse, quien no teme al ácido puede encontrarse con la corrosión de sus recuerdos. Aunque, quizá así sea todo más fácil... sólo competitividad, la debilidad no tiene lugar.

jueves, 7 de octubre de 2010

Escapar

Lunes, martes, miércoles... y lunes de nuevo. Las semanas pasan sin tregua y las hojas del calendario van cayendo, como también lo hacen las de los árboles. Y sin darme cuenta ya son veinte días más a las espaldas, o veinte espadas más clavadas, no estoy muy segura de si es una opción u otra. No más.

Sea como fuere, el tiempo pasa cabalgando sobre una montura veloz y el miedo de caernos y quedarnos descolgados hace que muchas veces no veamos lo que nos rodea, ni disfrutemos del gran tesoro que se nos dio al nacer... la vida. Nada más.

Pero hay una paradoja en todo esto, solo nos damos cuenta cuando ya es tarde. Cuando no hay nada que hacer, cuando toda lucha ha perdido el sentido; es cuando vemos lo que podíamos haber hecho, los pasos que podíamos haber dado... y ya solo nos queda lamentarnos. No más.

Y sientes por dentro que todo se va, que se escapan los buenos momentos y que los días ya no tendrán sentido nunca más, al menos no ese sentido que les habíamos dado. O eso me pasa a mí. Nada más.


Es tiempo de escapar.




Escapar - Amaral y Moby