domingo, 28 de noviembre de 2010

Salta, ríe, vive

Salto, río, tarareo a gritos y le sonrío a quien encuentro en mi camino. Podría alguien pensar que perdí la cordura, pero creo que en la vida he tenido más consciencia de mis actos que ahora.
Aunque bien pensado... ¿quién soy yo para juzgar mi estado mental? Y más aún... ¿quién puede tener -o creer tener- la suficiente autoridad para así creerlo? En este mundo de locos, ser uno más es, cuanto menos, la regla.

Pero no es eso en lo que pienso cuando voy dando tumbos por la calle radiante de felicidad. Pienso en lo afortunados que somos los que podemos ser libres de ir y venir a nuestro antojo, los que no tenemos que depender de nadie para hacer las actividades más básicas, los que podemos contar con amigos que te ofrezcan su hombro en los días con menos luz... los que podemos sonreír a la vida porque estamos vivos.
Son este tipo de reflexiones las que pasan por mi cabeza cuando observo el mundo que me rodea, en el que tantos dependen de otro, en el que muchos no pueden hacer otra cosa que trabajar o mendigar buscando algo con lo que llenar sus estómagos o, sencillamente, en el que tantos mueren dejando una estela de recuerdos que se atenuará poco a poco.

Por eso sonrío. Sonrío por estar viva y poder contarlo.
Y salto para poder llegar más alto y ver a cada brinco a los que, como yo, quieren vivir la vida. A nuestra manera, claro está, pero vivos al fin y al cabo.