sábado, 26 de febrero de 2011

Terrores nocturnos


Noche oscura. Se ha ido la luz y me muero de miedo en un callejón de vuelta a casa. De pronto, oigo pasos a mi espalda, alguien se acerca. Busco desesperadamente un lugar donde cobijarme; mientras tanto, noto un aliento cálido sobre la nuca.
Empiezo a caminar a más velocidad, el corazón bombea sangre con virulencia; corro, jadeo y no encuentro el modo de llegar a casa.
Pero sigo sin estar sola, quien me sigue ha imitado mi ritmo y me pisa los talones. Tengo mucho miedo y no me atrevo ni a girarme. ¿Quién será? ¿Qué motivos tiene para perseguirme?
Salgo del callejón y me encuentro sin salida, me equivoqué de camino. ¡Maldita sea! Tendré que enfrentarme a la sensación que paraliza mis sentidos y plantarle cara a lo desconocido.
Llego a la pared y me arrimo mucho a ella, por si existe la posibilidad de esconderme entre las sombras, temo que los temblores que recorren todas las terminaciones nerviosas me delaten. Aguanto como puedo la respiración, siento que me falta el aire en los pulmones.
Tanto aguanto que comienzo a marearme. Pero en ese momento noto que mi acompañante está a mi lado. Casi ni me tengo en pie del miedo que estoy pasando. Quiero huir, pero mi cuerpo no responde. 
Entonces, oigo tu voz. Es dulce, melodiosa, cálida y acogedora:
- Tranquila, no huyas. Soy yo.
Parece de pronto que la penumbra se aclara. O quizá soy yo que me he tranquilizado al tenerte a mi lado. Ahora los únicos nervios que siento son los producidos por las familiares mariposas que han despertado de su letargo y vuelan libremente por mi estómago. No me atrevo ni a decirte cuánto te he echado de menos.
- He pasado mucho miedo... - te confieso.
- Ya no temas, todo ha pasado. Ven conmigo. - me dices en tanto que noto como tus brazos se ciernen en torno a mi frágil cuerpo.
Me sobreviene el miedo de que todo esto sea solo un sueño, un producto de mi imaginación. Pero prefiero pensar que no lo es y, aunque sea por un segundo, quiero parar el mundo; tomar el control y olvidarme de todo
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sábado, 5 de febrero de 2011

El rey de la sabana



Eres el rey de la sabana, lo sabes. Tu porte majestuoso y tu melena al sol no pueden pertenecer a cualquier animal, solo al más fuerte, solo al más distinguido de entre los presentes.
Tu padre era, como tú, el líder de la manada; ambos dos conocéis las estrategias para gobernar, para hacer que todos acaten tus órdenes y que un único rugido apacigüe incluso la más exacerbada pelea. Pero, es simplemente fachada, en el fondo no eres como él.
Pese a tu fuerza, eres débil de espíritu. Te fustigas al darte cuenta de que, por más alto que llegues, nunca serás feliz. Dejaste pasar tu oportunidad por creer que era lo más oportuno y ahora lo pagas caro. Jamás alcanzarás la plenitud de tus predecesores y eso te lastima, te hiere en tu orgullo de león.
De pronto, una imagen viene a tu cabeza: recuerdas aquella joven leona que te cautivó desde el momento en que la conociste. Tenía algo que hacía que tú, uno de los más distinguidos de la manada, cayera rendido a sus pies, aunque nunca supiste qué. Intentaste conocerla y, poco a poco, ella se dejó adular por tus intenciones. Pasasteis buenos momentos juntos, acabaste de madurar a su lado, pero... tus obligaciones eran demasiado poderosas y terminaste por alejarte de ella para siempre. Dolor y tristeza también para siempre en tu corazón.
Y, desde entonces, no se conoce a nadie que realmente haya llegado a conquistarte. Tienes una familia fiel a tu lado, se te acercan los pequeños cachorros de la última camada y les ofreces tu instinto paterno. Pero sabes mejor que nadie que vives en una farsa, que la echas de menos y, por más que pase el tiempo, siempre la recordarás.
¡Oh, pobre león! Quisiste llegar alto y por el camino te olvidaste de ti mismo. Ojalá algún día puedas llegar a perdonarte y a saber pasar página.
¡Ánimo, pequeña gran fiera! Sé tú mismo, no olvides quién eres.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Libertades

Aún recuerdo ese día en el que, después de mucho vacilar y buscar la mejor oportunidad para confesarte mis sentimientos, te miré a los ojos y con una débil voz, empecé:
- Y hoy... otro día más en la eternidad de la desesperación, en la desesperanza de lo cotidiano y en la rutina de lo monótono. Pero, entre todo esto, sigo viendo una luz al final del túnel, un rayo de sol que ni el nubarrón más oscuro consigue ocultar en su totalidad. ¿Aún no lo sabes? Te haces de rogar... pues bien, ese motivo de alegría eres tú.
- ¿Yo? ¿Por qué?
- Por ser tú. Nada más. Por hacerme sonreír en los días tristes y animarme cuando necesitaba una mano amiga. Porque desde que te conocí, nada volvió a ser igual.
- ...
Nada en mi vida es libre, todo lo que he hecho ha sido para acercarme a ti.
- ¿Qué quieres decir?
- De acuerdo, me dejaré de metáforas. Quiero decirte que te necesito en mi vida, que eres lo más especial que me ha pasado nunca... que te quiero como nunca he querido a nadie. Es más, no te quiero, te amo.
Tu silencio me dejó muda, me hizo temer lo peor...
- ¿No tienes nada que decir?
- No puedo decir nada ante eso. No pretendas tampoco que te conteste, las palabras no son mi fuerte.
- Ya veo que me equivoqué al entregarte mi corazón... lo siento. No volveré a decirte nada, trataré de olvidarte.
Pero lo que nunca, jamás, hubiera alcanzado a imaginar fue cómo, cuando ya me alejaba de tu lado, me tomaste por el hombro y... me dijiste:
- Lo siento, pero no puedo contestarte. Déjalo así.
- ... 
Supongo que solo me queda decirte que gracias por haber hecho más llevaderos estos años a tu lado. Ahora, que ya no sé si nos volveremos a ver, mi vida ha perdido el sentido. Ya no queda nada de aquella que fui, maduré, me hice insensible al amor. Soy fría y, quizá también, calculadora. Me cambiaste y, a tu marcha, te llevaste todo lo bueno que había en mí. Y lo que más me duele es saber que nunca te llegaré a odiar... aunque, a estas alturas, todo me es indiferente.
Si vuelves, no quiero saber nada de ti. No quiero que me vuelvas a hacer daño. Espero que lo entiendas.