jueves, 24 de marzo de 2011

La muerte de un sueño

 Imagen de retrorocker

Cuando un sueño muere, la oscuridad queda como única compañera. Después, puede venir la locura o simplemente la nada. Porque, sin sueños no somos nadie... o eso me pasa a mí.
No me gusta admitir que en estos últimos tiempos mis ojos están bañados en lágrimas más de lo que acostumbraban, que envidio los momentos de la infancia en que reía y parloteaba inocentemente... donde los sueños eran cuentos de hadas y su protagonista, la princesa que siempre comía perdices al final de los mismos.
Pero ahora ya no queda nada de eso, nada queda de mí. Mis sueños de niñez hace mucho que se desvanecieron y, poco a poco, fueron siendo desplazados por los de una adolescente incipiente que poco sabía lo que le iba a deparar la vida. Y llegó el día en que comenzó a soñar despierta, en que su mente se abstraía hasta el límite de lo inimaginable y sus ojos brillaban ausentes cuando alguien trataba de adivinar qué procesos mentales estaban produciendo esa ensoñación. Sonreía embobada y sus mejillas se arrebolaban cuando alguien se lo hacía notar.
Pero, todo lo que sube tiene que bajar y los sueños, si no se cumplen, se rompen... y cuando se rompen, dejan a su portadora hecha un despojo de sí misma que desearía morir antes que seguir viviendo en un mundo sin ilusión.
Esto... es lo que me pasa, la razón por la que mis ojos lloran y anhelan tiempos perdidos. Mi razón de ser se evaporó como la fragancia de una flor de azahar y, no dejó fruto a su paso. Tan solo una huella y una herida difícil de cicatrizar.

sábado, 5 de marzo de 2011

Víspera de tormenta



Nubarrones enturbian días de paz, la claridad desaparece de la fingida calma. Todo se agita y un viento voraz arranca a su paso la piel que cubría las heridas.

Y la herida vuelve a sangrar. Tan fuertemente como siempre, en realidad nunca se cerró.

Un grito ahogado se queda en mi garganta. Es dolor... el dolor reprimido que, llegado un momento, sale a la luz.

Un trueno se oye allá afuera. Comienza a llover. Las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos, resbalan por mis mejillas y se pierden en las ropas. Me siento débil, muy débil. Una niña pequeña con mucho miedo.

La sangre sigue brotando, no soy capaz de ponerme freno. Es superior a mis fuerzas, tengo miedo de llegar a ver una cicatriz donde ahora se encuentra esta herida que sigue inflamada.

Me tomo algo para el dolor. Es un simple placebo que ya, por la costumbre, no hace efecto. El viento aúlla y otro nuevo grito se para en mi garganta...

Pero no, no lo diré.