martes, 14 de junio de 2011

Días de verano

Cuesta abajo, sin frenos. Soltando las manos, dejando que el aire acaricie mi rostro.
La bicicleta acelera, la brisa alborota mi cabello y hace que este me haga cosquillas en la nuca.
Un pequeño insecto aterriza en el cristal derecho de mis gafas y sale despedido en una fracción de segundo, en este momento agradezco llevarlas puestas.
Paso junto a una fuente que, de pleno, me empapa. Noto cómo la ropa se pega levemente a mi cuerpo, el frescor invade mis sentidos.
Unos niños aparecen a mi lado con una pelota. Por un momento me asusto, temo atropellarlos. Observo más tranquila cómo se quedan parados a un lado del camino mientras ruedo a toda velocidad con una sonrisa en los labios.cordonde
Porque sí, soy plenamente feliz, me siento libre mientras veo el sol caer con el crepúsculo. El camino es interminable, las dos ruedas siguen desfilando y haciendo un surco a su paso entre la gravilla. Una pequeña piedrecilla me salpica cuando paso por encima de ella; esquivo una mayor con un leve cambio de dirección.
A lo lejos veo una construcción blanca de dos pisos. Bajo los pies para ir reduciendo la marcha. Se levanta una pequeña nube de polvo que seguro termina por marcar los bajos de los pantalones y los cordones de las zapatillas, tan blancos que estaban esta mañana.

He llegado a casa con las estrellas. Días de verano.