viernes, 23 de septiembre de 2011

Después del último adiós

Desde que tengo uso de razón recuerdo haber soñado con el día en que mi príncipe azul vendría a salvarme del tedio que regía mi vida. Lo imaginé de mil maneras, tanto en lo que respecta al físico como en el carácter. Lo dibujé en las noches de insomnio cuando me quedaba mirando embobada la ventana esperando que llegara de un momento a otro. Oí su voz, sentí su olor, lo vi sin siquiera conocerlo.
Un día llegó. Se presentó sin previo aviso y supe que él era esa persona con la que siempre había deseado estar, el protagonista de mi vida. Se acercó al castillo montado en un corcel de crines negras como la noche, cabalgando sin casi hacer ruido. Pero lo vi.
Desde ese momento mi vida cambió completamente. Viví para él, me volqué en buscar su felicidad... olvidando por el camino quién era yo. No volví a ser la misma, la princesa mimada desapareció poco a poco para dar lugar a una joven sumisa pero ingenua al mismo tiempo.
Pasaron los meses y lo seguí hasta los confines del mundo conocido. Él me sabía suya, no en vano caminaba por donde él, respiraba su aire y dormía sus noches. Me convertí en su sombra sin que él mostrara signos de hacer lo propio conmigo. No, yo no significaba nada para él.
Un día desperté y me di cuenta de que ya no estaba allí. Infeliz de mí lloré su ausencia durante centenares de jornadas, rememoré los momentos que habíamos pasado juntos y me herí física y psicológicamente hasta caer desfallecida. Morí cada día un poco más, creía que ese era mi fin... deseaba que ese fuera mi fin.
Tantas fueron las noches que pasé evocando su nombre que un día dejó de tener sentido para mí. Sólo en ese momento abrí los ojos y por fin pude ver la realidad tal y como era... sin disfraces, sin tapujos.
Desde entonces, voy sin rumbo fijo, disfrutando, diciéndome: 
Ahora es el momento de ser feliz.
Y, por fin, VIVO.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Se abre el telón

Se abre el telón. Aparece en una esquina una niña pequeña, agazapada, parece que no se da cuenta de que es la protagonista de la obra. No hace nada, tan solo está quieta dejando que pase el tiempo. No quiere que este la dañe con sus zarpas, no quiere que él la perciba.
Un minuto sigue al otro y la criatura sigue allí, inmóvil. De pronto, otro personaje entra en escena. Lleva una extraña máscara que cubre parte de sus facciones angulosas, se diría que es un esqueleto andante si no fuera porque la desnudez que apenas cubre con una sábana deja ver una piel casi traslúcida. La niña lo observa desde el otro lado del escenario. En su mirada se dibuja una expresión que entremezcla el asombro y el más puro terror.
La extraña figura avanza paso a paso hacia ella. Entonces, toda la quietud se transforma en un remolino de acción. La niña se levanta de un salto y corre hacia el fondo de la escena, donde hay una parte del decorado tras la cual se puede esconder. En efecto, allí se oculta.
Nadie en la sala entiende nada. Ni quiénes son aquellos dos personajes, ni cuál es su función en el todo.
El esqueleto andante no se queda atrás y persigue a la cría -quién, de pronto, ya no parece tan niña-, esta vuelve a tomar la delantera y se dirige al patio de butacas. Un par de personas se muestra molesto y algo agitado ante la intromisión, nadie avisó de que fuera necesaria su interacción.
Esto no acaba aquí y la carrera se sucede por el largo y ancho del teatro. Pero lo que nadie ha visto aún es que en el escenario han ido apareciendo más y más personajes, todos casi o tan demacrados como el extraño que sigue a la chica.
Llegado el momento, al verse rodeada de los fantasmas del pasado, la joven se para y se deja arrollar por todas sus pesadillas hechas realidad. A la desesperada, pregunta:
- ¿Qué pretendéis hacer conmigo?
- Enfrentarte a tu pasado - le responde la silueta que tiene más cerca de su oído, quien tiene el aire de un anciano decrépito-. Siempre nos has estado huyendo, pero por el camino te has olvidado de vivir. Te ha llegado la hora.
Un escalofrío recorre la espina dorsal de la chica, quien se desploma en mitad del escenario. El resto la coge y la lleva hasta que todos juntos hacen mutis por la izquierda. Nadie vuelve. Nadie aplaude. Nadie respira, las imágenes que acaban de ver les han sobrecogido.

Pocos minutos después, se apagan las luces que iluminaban de forma tenue el escenario y, en su lugar, se encienden unas que señalan un camino que lleva a la salida. En orden, sin prisa pero sin pausa, el público sale. Siguen sin entender qué acaba de pasar ante sus ojos.

Nadie ha entendido el mensaje. Nadie salvo una mujer que ha sabido comprender que la muchacha protagonista siempre huía porque no tenía nadie en quien apoyarse, ni siquiera en mitad del acto ha habido algún valiente que le ofreciera un poco de ayuda para salir del agujero, del miedo al paso.
¿Por qué lo sabe? Tiene sus razones...