domingo, 1 de enero de 2012

El ciclo de la vida

Apenas nadie llegó nunca a entender por qué un pájaro tan bello acabó sus días encima de una hoja cualquiera de un árbol idéntico a tantos otros. Solo supieron que hubo un día en el que la hoja cayó al suelo acompañada de un leve gorjeo. Luego, quedó el silencio.
De eso hacía ya bastante tiempo, las lluvias del invierno habían ido degradando poco a poco sus cuerpos hasta que tan solo restaron unos huesecillos sobre el esqueleto de la hoja. Ambos cuerpos se habían unido con la tierra de una forma tal que ya nunca se sabría quién había sido quién.
     La historia se puede decir que comenzó cuando una semilla germinó por casualidad en un claro del bosque. Con el tiempo, este débil tallo fue ganando altura y robustez hasta el punto en que un día se vio convertido en un árbol como los de su entorno.
En ese momento, nació ella. Era una hoja idéntica a las demás. De hecho, ni tan siquiera podía llamársele aún hoja, no sobresalía más que unos milímetros de la rama madre. Pero, al contrario que muchas otras, sobrevivió y alcanzó a ver la plenitud del verano con sus cálidas temperaturas y su colorido paisaje.
Un día, sin embargo, todo cambió. La hoja estaba viendo pasar las horas como en otra jornada cualquiera cuando, de pronto, notó una sacudida. Un pajarillo había elegido la rama que la sostenía como lugar para instalar su nido. Tuvo miedo, mucho miedo. Desconocía qué intenciones podía tener la pequeña criatura para con ella.
Pasó el tiempo y la pobre hoja no terminaba de estar tranquila. Notaba alboroto sobre ella y temía que en cualquier momento el animalito decidiera que era apropiada para cubrir su nido o quién sabe qué. Finalmente llegó el fatídico día. El pájaro se acercó revoloteando a la temblorosa hoja con la intención de separarla de la rama. Pero no lo hizo.
En el momento en el que iba a cortar el enlace entra la rama y la hoja, vio salir una sustancia blanquinosa de esta última. Era savia, estaba llorando, muerta de miedo al ver peligrar su vida. La criatura se apiadó entonces de ella y, al fijarse bien, quedó cautivada por la hermosa fragilidad que la caracterizaba.
A partir de ese instante, no faltó un día en el que el pájaro no visitara a su compañera. A su lado aprendieron a volar los polluelos, conoció infinitos atardeceres y vio un día alejarse a los pequeños para no volver. En ese segundo, ambos seres comprendieron que estaban unidos por su soledad y esta, solo esta, convirtió una relación de mera admiración en una profunda amistad. Se entendían sin lenguaje común, se protegían sin armas… Vivían y dejaban vivir.
Así fue hasta que el otoño avanzó tanto que se pudo atisbar el invierno en el horizonte. Las noches cada vez eran más frías y las ráfagas de viento, más intensas. Fue una de estas la que finalmente terminó el trabajo que un día quiso para sí el pájaro: liberó la hoja, cortó sus ataduras y la hizo planear suavemente hasta que, ya inerte y sin vida, se posó sobre el suelo.
El pájaro, al ver a su compañera caer, quiso lanzarse para impedir el previsible final, pero pronto entendió que el destino así lo había querido y que los momentos compartidos solo quedarían para el recuerdo. Por ello, decidió volar hasta alcanzar la hoja, y una vez allí extendió sus alas sobre ella y emitió un gorjeo lleno de dolor. Acto seguido, y como tocado por un rayo, el pájaro se desplomó.
Días después, una chica paseó por la zona y vio ambos cadáveres. No le hizo falta presenciar todo lo ocurrido para entender la belleza trágica que a veces esconde la naturaleza. Y, sin poderlo ni quererlo evitar, derramó una lluvia de lágrimas sobre ellos.
     Ese fue el último día de sol de la temporada. Cuando meses después la joven volvió con la intención de ver una vez más la escena, se sorprendió. En el lugar donde habían estado los restos de los dos seres había nacido una bella flor que aunaba la fragilidad de la hoja con la hermosura del ave. Esta vez sonrió y tomó una instantánea de tan bonito nacimiento, el ciclo de la vida había vuelto a comenzar. Luego se fue con una nota de amor tañendo en su corazón como si de un sostenido se tratara.

P.D.: Esta historia no habría nacido sin una particular semilla. Gracias.

5 comentarios:

  1. Ya te dije, y te lo vuelvo a comentar, que me ha gustado mucho^^ Me alegra volver a leerte, echaba de menos tus textos!!

    Besazos manita :)

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  2. Muchas gracias, manita :)
    No eras la única que los echaba de menos... Yo misma también lo hacía (así que me remito a la posdata).

    Besos :)

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  3. Qué historia tan bonita, me ha encantado! Seguiré pasando por aquí :)

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  4. ¡Muchísimas gracias!
    Me alegro de que te haya gustado :)

    Bienvenida serás siempre que quieras.

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  5. Ha sido un honor conocerlas a través de la distancia. Siempre me maravillo de lo amplio que es el horizonte literario, poder bendecir una vida, a quién quizá nunca conozcamos personalmente, a través de un texto, una poesía. Para mí las letras son la voz del silencio, y el silencio no tiene fronteras. Sandra y Petite Poupeé Dios las bendiga mucho!!
    Mónica Fontán

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Muchas gracias por haber llegado hasta aquí.
Espero que lo que hayas leído haya sido de tu agrado.
Un saludo y hasta la próxima.