viernes, 5 de octubre de 2012

Sueños normandos


Margot se halla postrada en la cama del hospital. Los médicos dicen que se recuperará, pero ella no les cree, como nunca lo ha hecho. Solo confía en sí misma y en esa memoria que si bien falla cuando quiere recordar qué ha comido, es infalible a la hora de sacar del baúl los pequeños tesoros de su infancia, así como también los miedos pasados.

Es irónico que aquella muchacha que tanto corría ahora dependa del resto para los movimientos más básicos y haya convertido en eterno compañero al cayado que se apoya a los pies de su cama.
Días de carreras y escondites encienden la llama de los recuerdos y toman forma sin que nadie los haya llamado. Su madre siempre se preocupaba por ella, rescata Margot con una sonrisa. También Hande viene a su memoria con su pelaje endiabladamente rizado y sus lametones matinales que le servían de despertador.
Con las lágrimas resbalándole por las mejillas, cree verla una vez más.

- Margot, ¡date prisa! - gritaba su madre.
- Pero ¿y Hande? ¡No podemos dejarla aquí!
- Ni tampoco llevarla con nosotras. Estará bien, no te preocupes y corre.

En la calle sonaba una música infernal, decenas de aviones nublaban el cielo de Caen e inundaban los corazones de terror, no sin razón. Sin saber cómo, Margot llegó con su madre hasta la Abadía de los Hombres y se instaló, junto a cientos de vecinos, en el que había sido el refectorio del lugar.
Las bombas no tardaron en caer e hicieron temblar el suelo una y otra vez.

Encogida en un rincón, Margot trataba de no pensar en lo que ocurría a la otra parte de los muros y de centrarse en su sueño de ir a la universidad. Estudiaría allí mismo, aún no sabía qué, pero era su ilusión estar donde tantos otros intelectuales habían estado antes de ella. No en vano la universidad de Caen era de las más antiguas de Francia.
Cayó la noche, pero no cesaron las bombas. La niña estaba asustada y solo imaginaba cómo lo estaría pasando su pequeña Hande y lo sola que se sentiría. Fijó su vista en la pared y recordó que su madre le había contado que la piedra utilizada para construir la abadía en tiempos de Guillermo el Conquistador era la misma que la de la Torre de Londres. "Iré allí cuando acabe la guerra", pensó con decisión.

A la mañana siguiente, en un intervalo sin bombas, Margot y su madre salieron a comprobar cuál era el estado en el que había quedado la ciudad. Desolación absoluta. Por todas partes se veían cascotes de lo que hasta el día anterior habían sido edificios.
Temiendo haber corrido la misma suerte, ambas dirigieron sus pasos hacia su casa. O lo que quedaba de ella, porque solo se mantenían los cimientos.
- ¡Haaaande! - llamó Margot.
Nadie acudió, ni tampoco se oyó nada más allá de los latidos acelerados del corazón de la pequeña. "No, ella no, por favor...". Con cuidado, su madre avanzó entre los escombros y, como era de esperar, encontró el cuerpo de la perrita, cuyo pelaje blanco lucía ceniciento.

La niña, que había seguido a su madre, fue incapaz de contener el llanto y quiso ir al encuentro de su mascota, cosa que impidió su madre aunque le partiera el alma.
Como allí no podían hacer ya nada, decidieron volver a la abadía en busca de cobijo.
- ¡Ya no hay universidad! - gritó un hombre por la calle. - ¡Las bombas la han destruido!
En aquel momento, Margot sintió que sus ilusiones se hacían añicos y que se iban, junto a su infancia y a su perra, a un lugar donde nunca más podría encontrarlas.

Con las arrugas de la frente marcadas y dos surcos de lágrimas corriendo como ríos, Margot vuelve a la realidad. Una realidad que dejó de tener sentido para ella aquel junio de 1944, pero que no le impidió seguir adelante y luchar por su supervivencia.
Hoy, más de sesenta años después, la anciana recuerda los sueños que pudieron ser y no fueron, a su amada Hande y, desde su cama, pide a su única hija que la abrace. Demasiadas emociones contenidas.

jueves, 4 de octubre de 2012

Vuelta a casa

Ha pasado más de medio año desde que despidiera temporalmente el blog, y no quiero ni saber cuánto hace que no escribo un texto en condiciones. Entre tanto, este pequeñuelo ha cumplido cuatro años y no le he dedicado ni una palabra hasta estas que ahora redacto.
Sin embargo, durante todo este tiempo he tratado de buscar inspiración y de escribir, y aunque no estoy muy segura de haberlos encontrado, sí debo decir que desde este momento queda reabierto este espacio.

El título que he escogido para encabezar la entrada es paradójico si tenemos en cuenta que ahora mismo estoy en el extranjero disfrutando de una Erasmus y hasta diciembre no volveré físicamente a casa. Aún así, este blog ha sido durante mucho tiempo una casa para mí, por lo tanto, se merecía que lo mencionara.

Espero poder publicar cosas interesantes y, si no, lo siento. La neurona no da más de sí y mi cordura hace tiempo que me abandonó (ejem, ejem).

¡Un abrazo y hasta la vista!