sábado, 15 de diciembre de 2012

Blanco

Desnudo. Se sentía completamente desprotegido, a merced de lo que el viento quisiera hacer con él. Si lo quisiera borrar de un plumazo, lo haría; si quisiera sumirlo en la más impenetrable profundidad, disponía de medios para ello.
Él, con sus pecas y su mirada perdida. Solo con su piel como vestimenta y solo con ella podría salir vivo de esta batalla contra el viento que se empeñaba en difuminar todo aquello que tanto le había costado grabar. Sudor de su frente, sangre de sus codos, lágrimas de impotencia.
Al final, todo daba igual. La sensación se producía una y otra vez. El vacío. La desnudez. La tabula rasa. La soledad.
Porque solo se encontraba frente a la hoja de papel que determinaría su futuro. Unas horas que no hacían justicia al esfuerzo, a las noches sin dormir, a todo lo que había invertido para llegar a tener la oportunidad de presentarse a ese examen que ahora tenía delante.
Y, sin embargo, la conocida sensación le nublaba los sentidos. La mente, extenuada, se volvía en su contra y se vaciaba de todo contenido. Un espacio inmenso, desaprovechado como tantas otras veces... Aunque, esta vez, en mitad del blanco había una mancha. Desesperado, decidió detenerse en su contemplación y, al desvanecerse levemente los nervios, todo llegó.
La desnudez dibujó hilos e hilos que tejieron el más perfecto traje, indumentaria que combinaba perfectamente con el blanco de la hoja... que ya no era blanco.