sábado, 9 de noviembre de 2013

Noche oscura

Noche oscura, tediosa y agobiante hasta decir basta. Una montaña que cada día cuesta más escalar y un montañero al que las ganas le van abandonando.
Ve que día a día la cima está más cercana, pero los últimos metros son los más escarpados. En su cabeza hay un murmullo incesante que implora un minuto de atención. Un minuto que, entre paso y paso, se abre camino y deja una pregunta en el aire: «¿Qué hará tras alcanzar la cumbre?».
Por eso las noches se vuelven una pesadilla que le impide descansar. Por eso los días se convierten en un tira y afloja entre la necesidad de llegar a lo más alto tras años de preparación y el miedo al futuro. Porque llegar hasta donde se encuentra no ha sido un camino de rosas y, sin embargo, es ahora cuando las espinas del rosal se empeñan en clavarse todas de golpe.
La desazón le llena el corazón y no sabe a qué puede dedicar su tiempo cuando haya alcanzado el objetivo de su vida. Porque, además, la vida de un montañero es dura por su soledad y es en estos momentos cuando más necesitaría tener a alguien que le ayudase a decidir, que estuviera con él para infundirle ánimos e impedir que a apenas unos metros quiera darse por vencido.
Sin embargo, como hasta ahora, las noches se vuelven interminables en el escaso espacio de su tienda de campaña, que se ha vuelto su cárcel y su confesionario. Allí le han asaltado, como si de lobos salvajes se tratara, sus miedos más primitivos y la única compañía de su conciencia no le ha permitido conciliar el sueño.
Entre el tedio se intenta abrir paso una luz, un cambio, pero la noche es negra como el tizón, negra como el infinito que se despliega ante sus ojos y le impide encontrar la calma.
En la falda, nadie espera, todos han continuado sus vidas.

miércoles, 24 de julio de 2013

El pozo

Siempre había disfrutado de sus juegos en el jardín de atrás, de sus risas incoherentes y sus lecturas hasta la caída de la noche. De sus amigos, cuyo nombre sólo ella conocía. De sus secretos, que escondía entre las raíces de los arbustos.

En sus secretos se escondían sus miedos, sus ganas de huir y su más tierna infancia: sus inseguridades y sus llantos inesperados. Sabía que eran su debilidad y por ello procuraba que, cuando salía del jardín, no hubiera nadie mirándola. No podía ni imaginarse qué haría si alguien descubría su talón de Aquiles.

A medida que fue creciendo dejó de pasar las horas en el jardín y ahora las flores se marchitaban de tanto agotar sus fuerzas en gritar su nombre e implorar su vuelta. Un motivo se imponía entre los demás para cambiar la rutina que tantos años había seguido: el pozo.

Lo había descubierto una noche mientras trataba de esconder la timidez que le impedía hablarle al muchacho que le robaba el aliento. Se asomó a su interior y lo que vio la aterrorizó tanto que, pese a las dificultades que eso le produjo, mantuvo con ella su timidez.
No era nada extraordinario, nada en realidad: el vacío.

La chica, aunque joven, había tenido siempre claras las ideas. Su entorno la felicitaba por ello, pero ella no se sentía orgullosa. No le suponía ningún esfuerzo mantenerse alejada de la tentación, de los impulsos, de seguir el dictado de su corazón: carecía de ellos. En su lugar, quién sabe por qué, sólo tenía un inmenso vacío que la carcomía como un viejo mueble y la obligaba a actuar constantemente con moderación.

El día que descubrió el origen de ese vacío, el pozo, se sintió débil. Sabía que si osaba entrar en él, su ser estaría completo, pero no podía hacerse a la idea de lo que supondría cargar con el eterno dilema de razón y corazón: las opciones, cuanto más limitadas, más le agradaban. Prefería seguir sintiendo un hueco en su interior que arriesgarse a conocerse por completo. La seguridad frente a la novedad.

Sin embargo, los años siguieron pasando y, a punto de terminar sus estudios, notaba que su vida estaba vacía. Había llegado a su meta con un claro objetivo, pero en los últimos momentos le habían arrebatado el premio a una carrera brillante y ahora se sentía más perdida que nunca.

Es por ello que, armada únicamente con el sentido común, sin tan siquiera cubrir su piel, decidió bajar al pozo a encontrar su destino. ¿Qué encontró? Nadie lo sabe, pues la noche es oscura y los gatos, pardos.

sábado, 15 de junio de 2013

Al hilo de las oportunidades

Foto propia
Pierre Bordognon siempre había tenido todo cuanto había querido. En el París clasista de principios de los años sesenta podía presumir de codearse con la gente de la más alta alcurnia, de haberse hecho un hueco ¿en sus corazones?... mejor, en sus bolsillos.

Las más acaudaladas damas no dudaban en gastar centenares de francos en vestidos de gala confeccionados por este marsellés que subía como la espuma del champán. Buena prueba de ello era el hecho de que siempre tenía a su disposición las mejores telas, complementos... y agujas. En especial había una que lo había acompañado desde su Provenza natal y había cosido en sus manos los más suntuosos detalles. Podía decirse que era su aguja fetiche.
Pero, claro, llegó el momento en que su punta comenzó a desgastarse por el uso. Ingrato como tantos otros, Bordognon la desterró al olvido en un cajón de su taller de costura. Ya no le era útil y si no la tiró fue por.. ¿azar? Quizá sea eso.

Con lo que no contaba el joven sastre era con la competencia. En aquellos años dorados, no era el único que se había hecho con una cartera de clientas, pero sí el que menos se supo adaptar a los constantes cambios exigidos por la moda parisina. Es por eso que, pasados unos años, sus luces comenzaron a ser sombras, las clientas que a él acudían, menos numerosas y más modestas, y su nombre quedó relegado a ser el eco de las grandes firmas. Pocos meses después le desahuciaron de su taller y, con el desahucio, toda la historia acumulada se fue a la basura sin más contemplaciones.
Mas quiso la casualidad que entre retales, hilos y lentejuelas deslucidas se escurriera la aguja. Esta cayó en mitad de la acera, a los pies de su antiguo hogar y nadie se preocupó por recogerla. Pasaba demasiado desapercibida.

Horas después, por allí mismo pasó una niña de vuelta a su casa tras un largo día de colegio. Conocida es la curiosidad infantil y, en cuanto la aguja entró en su campo de visión, se agachó a recogerla.
Esa misma noche la mostró orgullosa a su madre, quien a su vez advirtió la calidad del metal y la pidió prestada a su primogénita. Una vez acostados los niños, cogió el retal de tela estampada a cuadros escoceses que había comprado días atrás y la recién adquirida aguja. Con la suma de los dos y su pericia, pronto tuvo confeccionados una falda para la niña y un pantalón corto a juego para el niño. Porque, si bien era cierta que la aguja estaba desgastada, seguía teniendo el grosor perfecto para esos pequeños trabajos de costura.
A la mañana siguiente, Ana, la madre, vistió a sus pequeños con las nuevas prendas y devolvió la aguja a su hija, quien la guardó en la lata de sus tesoros a la espera de una nueva aventura.

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Hace aproximadamente año y medio hubo una persona que me pidió crear una historia a partir de unas premisas. Meses después, durante el verano, escribí estas líneas pensando en regalárselas en un momento especial. Un día por otro he ido olvidando el relato en un cajón, aunque me acordé de traerlo a Francia y es por eso que hoy puedo reproducirlo en el blog.
No sé si esa persona aún recuerda el pequeño encargo, pero aunque tarde, nunca olvido una promesa. Así que aquí queda mi creación, dedicada a alguien que siempre sabe hacerme sonreír.

sábado, 2 de marzo de 2013

Andén número cinco

La suya era una historia que empezó con las vías como protagonista. Las vías, un tren completamente desconocido y unos acompañantes con cara de necesitar unas cuantas horas más de sueño.

Aún hoy, se sienta y recuerda cómo por megafonía iban sucediéndose pueblos y ciudades, hasta que en uno de ellos, poco importa cuál, se detuvo y saltó al andén, con incertidumbre y el corazón lleno de ilusión. Andén número cinco, raíles, traqueteo de maletas, reencuentros y despedidas. Y primeras veces.

Años después, en una noche estrellada y lejos de cualquier estación conocida, aún piensa en aquel primer tren y en cómo habría cambiado todo si nunca lo hubiera cogido. Pero lo hizo, no hay vuelta atrás ni segundas oportunidades. El reloj es caprichoso y no deja espacio a errores, ni a aciertos, sólo avanza sin tregua.

Desde aquel primer momento, todos los minutos pasados junto al ferrocarril han tenido un matiz amargo, pues su presencia implica la separación. En cierto modo es mejor un aeropuerto... la despedida es en el control de seguridad; es más duro tener que ir viendo cómo la distancia va apareciendo gradualmente entre la estación y el tren que se aleja para no volver.

Aunque, tarde o temprano, vuelve. Un nuevo episodio de reencuentros, maletas y pitidos ensordecedores. Pitidos que el corazón cree que es la forma que tienen los trenes de reclamar lo que es suyo: el momento, el recuerdo, la eternidad congelada en un instante imborrable.

domingo, 10 de febrero de 2013

Noche

Sus andares de gato le acompañaron una noche más por el zoco de la ciudad. Los escasos transeúntes que se cruzaban en su camino eran incapaces de sostenerle la mirada. Ojos negros, hechiceros, con la sombra del demonio acechando.

Zigzagueó por las callejuelas varios minutos más antes de llegar a su objetivo. Una vez allí, armado con sus manos y una ganzúa hizo que la puerta de la tetería cediera ante él. Al momento, un olor almizcleño le saturó los sentidos y le hizo saber que no se había equivocado. Aunque, claro, nunca lo hacía.

Tyro aprovechó el momento que tardaron sus pupilas en adaptarse a la oscuridad para enfundar sus manos en sendos guantes de seda. Después, se adentró en el almacén del local y, desde allí, accedió a la buhardilla donde sabía que el argelino pasaba las noches.

Lo despertó con la presión de las manos en su cuello. Susurró, pero nadie le oyó emitir los gritos mudos de auxilio. A la mañana siguiente, los vecinos comerciantes se extrañaron al encontrar cerrada la tetería. Cuando finalmente llegaron al lugar de los hechos, el horror de los ojos del cadáver les dio la respuesta a las preguntas no pronunciadas.

El gato del diablo había vuelto a la ciudad.


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Este relato, escrito el agosto pasado desde un ordenador que no era el mío, es casi con total seguridad el último que verá este blog con la etiqueta "relato semanal", actividad del foro en el que he participado durante años. El Rincón de la Expresión cierra sus puertas y, con ellas, muchas historias que muestran la evolución personal y literaria de sus habitantes. Han sido unos años que me ha encantado compartir en forma de relatos y comentarios, donde he conocido a gente maravillosa y he encontrado un refugio para mis letras.