sábado, 2 de marzo de 2013

Andén número cinco

La suya era una historia que empezó con las vías como protagonista. Las vías, un tren completamente desconocido y unos acompañantes con cara de necesitar unas cuantas horas más de sueño.

Aún hoy, se sienta y recuerda cómo por megafonía iban sucediéndose pueblos y ciudades, hasta que en uno de ellos, poco importa cuál, se detuvo y saltó al andén, con incertidumbre y el corazón lleno de ilusión. Andén número cinco, raíles, traqueteo de maletas, reencuentros y despedidas. Y primeras veces.

Años después, en una noche estrellada y lejos de cualquier estación conocida, aún piensa en aquel primer tren y en cómo habría cambiado todo si nunca lo hubiera cogido. Pero lo hizo, no hay vuelta atrás ni segundas oportunidades. El reloj es caprichoso y no deja espacio a errores, ni a aciertos, sólo avanza sin tregua.

Desde aquel primer momento, todos los minutos pasados junto al ferrocarril han tenido un matiz amargo, pues su presencia implica la separación. En cierto modo es mejor un aeropuerto... la despedida es en el control de seguridad; es más duro tener que ir viendo cómo la distancia va apareciendo gradualmente entre la estación y el tren que se aleja para no volver.

Aunque, tarde o temprano, vuelve. Un nuevo episodio de reencuentros, maletas y pitidos ensordecedores. Pitidos que el corazón cree que es la forma que tienen los trenes de reclamar lo que es suyo: el momento, el recuerdo, la eternidad congelada en un instante imborrable.