sábado, 15 de junio de 2013

Al hilo de las oportunidades

Foto propia
Pierre Bordognon siempre había tenido todo cuanto había querido. En el París clasista de principios de los años sesenta podía presumir de codearse con la gente de la más alta alcurnia, de haberse hecho un hueco ¿en sus corazones?... mejor, en sus bolsillos.

Las más acaudaladas damas no dudaban en gastar centenares de francos en vestidos de gala confeccionados por este marsellés que subía como la espuma del champán. Buena prueba de ello era el hecho de que siempre tenía a su disposición las mejores telas, complementos... y agujas. En especial había una que lo había acompañado desde su Provenza natal y había cosido en sus manos los más suntuosos detalles. Podía decirse que era su aguja fetiche.
Pero, claro, llegó el momento en que su punta comenzó a desgastarse por el uso. Ingrato como tantos otros, Bordognon la desterró al olvido en un cajón de su taller de costura. Ya no le era útil y si no la tiró fue por.. ¿azar? Quizá sea eso.

Con lo que no contaba el joven sastre era con la competencia. En aquellos años dorados, no era el único que se había hecho con una cartera de clientas, pero sí el que menos se supo adaptar a los constantes cambios exigidos por la moda parisina. Es por eso que, pasados unos años, sus luces comenzaron a ser sombras, las clientas que a él acudían, menos numerosas y más modestas, y su nombre quedó relegado a ser el eco de las grandes firmas. Pocos meses después le desahuciaron de su taller y, con el desahucio, toda la historia acumulada se fue a la basura sin más contemplaciones.
Mas quiso la casualidad que entre retales, hilos y lentejuelas deslucidas se escurriera la aguja. Esta cayó en mitad de la acera, a los pies de su antiguo hogar y nadie se preocupó por recogerla. Pasaba demasiado desapercibida.

Horas después, por allí mismo pasó una niña de vuelta a su casa tras un largo día de colegio. Conocida es la curiosidad infantil y, en cuanto la aguja entró en su campo de visión, se agachó a recogerla.
Esa misma noche la mostró orgullosa a su madre, quien a su vez advirtió la calidad del metal y la pidió prestada a su primogénita. Una vez acostados los niños, cogió el retal de tela estampada a cuadros escoceses que había comprado días atrás y la recién adquirida aguja. Con la suma de los dos y su pericia, pronto tuvo confeccionados una falda para la niña y un pantalón corto a juego para el niño. Porque, si bien era cierta que la aguja estaba desgastada, seguía teniendo el grosor perfecto para esos pequeños trabajos de costura.
A la mañana siguiente, Ana, la madre, vistió a sus pequeños con las nuevas prendas y devolvió la aguja a su hija, quien la guardó en la lata de sus tesoros a la espera de una nueva aventura.

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Hace aproximadamente año y medio hubo una persona que me pidió crear una historia a partir de unas premisas. Meses después, durante el verano, escribí estas líneas pensando en regalárselas en un momento especial. Un día por otro he ido olvidando el relato en un cajón, aunque me acordé de traerlo a Francia y es por eso que hoy puedo reproducirlo en el blog.
No sé si esa persona aún recuerda el pequeño encargo, pero aunque tarde, nunca olvido una promesa. Así que aquí queda mi creación, dedicada a alguien que siempre sabe hacerme sonreír.