miércoles, 24 de julio de 2013

El pozo

Siempre había disfrutado de sus juegos en el jardín de atrás, de sus risas incoherentes y sus lecturas hasta la caída de la noche. De sus amigos, cuyo nombre sólo ella conocía. De sus secretos, que escondía entre las raíces de los arbustos.

En sus secretos se escondían sus miedos, sus ganas de huir y su más tierna infancia: sus inseguridades y sus llantos inesperados. Sabía que eran su debilidad y por ello procuraba que, cuando salía del jardín, no hubiera nadie mirándola. No podía ni imaginarse qué haría si alguien descubría su talón de Aquiles.

A medida que fue creciendo dejó de pasar las horas en el jardín y ahora las flores se marchitaban de tanto agotar sus fuerzas en gritar su nombre e implorar su vuelta. Un motivo se imponía entre los demás para cambiar la rutina que tantos años había seguido: el pozo.

Lo había descubierto una noche mientras trataba de esconder la timidez que le impedía hablarle al muchacho que le robaba el aliento. Se asomó a su interior y lo que vio la aterrorizó tanto que, pese a las dificultades que eso le produjo, mantuvo con ella su timidez.
No era nada extraordinario, nada en realidad: el vacío.

La chica, aunque joven, había tenido siempre claras las ideas. Su entorno la felicitaba por ello, pero ella no se sentía orgullosa. No le suponía ningún esfuerzo mantenerse alejada de la tentación, de los impulsos, de seguir el dictado de su corazón: carecía de ellos. En su lugar, quién sabe por qué, sólo tenía un inmenso vacío que la carcomía como un viejo mueble y la obligaba a actuar constantemente con moderación.

El día que descubrió el origen de ese vacío, el pozo, se sintió débil. Sabía que si osaba entrar en él, su ser estaría completo, pero no podía hacerse a la idea de lo que supondría cargar con el eterno dilema de razón y corazón: las opciones, cuanto más limitadas, más le agradaban. Prefería seguir sintiendo un hueco en su interior que arriesgarse a conocerse por completo. La seguridad frente a la novedad.

Sin embargo, los años siguieron pasando y, a punto de terminar sus estudios, notaba que su vida estaba vacía. Había llegado a su meta con un claro objetivo, pero en los últimos momentos le habían arrebatado el premio a una carrera brillante y ahora se sentía más perdida que nunca.

Es por ello que, armada únicamente con el sentido común, sin tan siquiera cubrir su piel, decidió bajar al pozo a encontrar su destino. ¿Qué encontró? Nadie lo sabe, pues la noche es oscura y los gatos, pardos.