sábado, 25 de enero de 2014

Carta a la fraternidad

Querida mía:

Siempre fuiste la pequeña, la que pasaba inadvertida y se quedaba en un segundo plano. Tú, tan esmirriada y morena, parecía que hubieras nacido sin fuerzas, sin voluntad para imponerte.
Sin embargo, tú y yo sabemos que sin ti yo estaría incompleta, que eras tú la que sin quererlo me hacías bella. Era yo a la que primero veían, no en vano mi palidez era equiparable a la de las jovencitas que querían disfrutar de nuestra compañía.
A tu favor diré que, si bien se fijaban antes en mí, era a ti a quien acudían cuando nos conocían mejor. Porque, aunque no siempre lo parezca, sé que juntas formamos el mejor equipo.
Tú, tan delicada, esa figura de ébano que en las noches más largas admiraba. Yo, con mi blancura de marfil que, no obstante, parecía invitar a que me vapulearan.
Aún así siempre me quedará un consuelo. Ambas, juntas, hemos pasado a los anales de la historia. Si no, dime:
¿Quién imagina un piano sin sus grandes blancas y sus elegantes negras?
Esto hoy va por ti, gran compositora y la mejor pareja que nunca pude imaginar.

Siempre tuya,
Blanca

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias. Estaba estudiando y esta idea me vino con tanta fuerza que tuve que parar y escribirla.

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Muchas gracias por haber llegado hasta aquí.
Espero que lo que hayas leído haya sido de tu agrado.
Un saludo y hasta la próxima.